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    sobre la importancia de las citas, para la revista plebeya

    Arquitectura del cielo.

    Swedenborg Emmanuel

    Texto escrito para la revista Plebeya.

     

    347- La inteligencia celeste tiene su origen en el amor que emana de la verdad y no se relaciona con gloria alguna del mundo o del cielo, sino con la verdad en si misma. Provoca un íntimo regocijo.

     

    348- en el cielo se denomina sabios a aquellos que residen en la bondad; y permanecen en la bondad aquellos que aplican inmediatamente la divina verdad a la vida. En efecto la divina verdad se convierte en un bien cuando se aplica a la vida. Son llamados sabios puesto que la sabiduría pertenece a la vida.


    La inteligencia tiene su origen en el amor.

     

    Citar a Swedenborg, es hablar de necesitar con quien hablar. Los interlocutores sobre ciertos temas específicos las más de las veces están en los libros y no en el entorno mundano. No tenemos interlocución para todo pensamiento. Las ideas más alegres o las más descabelladas, quizá las más ricas o las más arriesgadas son generalmente difíciles de compartir. El paraíso es tener con quien pensar. Lo inalcanzable pareciera ser la conversación.

    Hace tiempo me encuentro registrando los grados de entrega que se manifiestan en los discursos personales, las ponencias públicas, los congresos. Me refiero a entrega como apuesta por una idea, apuesta, confesión, defensa. Una idea propia, no tomar partido en una discusión ya instalada. Decir para construir o para descubrir algo, invitar a alguien a recorrer una posibilidad del pensamiento. Me refiero a que la generosidad de compartir pareciera una audacia.

     

    Se dice bueno y tonto, tonto pero bueno. El generoso aparece como poco inteligente.

    Hace rato que percibo la generosidad como valor inteligente, como calidad de la inteligencia; lo mezquino como señal y evidencia de estupidez. Por eso transcribí esta cita. Porque adoré encontrar a la sabiduría como aplicación de la bondad a la vida.

     

    Hace rato que encuentro en este libro, ecos de mis pensamientos intuiciones o atisbos mas sutiles, a tal punto que Arquitectura del cielo organizó y tituló mi última muestra de pinturas. Fue mi maestro y amigo y el lugar donde encontré las respuestas a más de un momento de angustia durante la construcción de la obra. Aquí sumo el texto que acompañó la exposición.

     

    Apuntes y aproximaciones.

     

    Arquitectura del cielo es el nombre de uno se los libros de Emanuel Swedenborg(1688-1772). Una apuesta por la belleza.


    El cielo más alto es el de los cristales (tercer cielo). Cristal duro, cristal bomba, cielo cairel, cristal cielo. Abundancia. Las águilas protegen los cristales que se encuentran en el tercer cielo, son guardianas de tesoros.

    El cairel es una palabra antigua, muchos jóvenes desconocen su significado

    Texto de compañía:entrevista de piglia a walsh

    acá la radar sacó el domingo 25 un especial bastante bueno sobre él.

    y hay una foto en la tapa que es increíble

    http://www.pagina12.com.ar/fotos/radar/20070325/tapa_r/radar_gr.jpg


    .P. Empecemos con este cuento, ¿cuándo lo escribiste, en qué época lo escribiste?

    R.W. Este cuento lo escribí... me acuerdo la época en que terminé de escribirlo, lo debo haber terminado en noviembre de 1967 y debo haber empezado a escribirlo a mediados de ese año; me acuerdo de la fecha porque en octubre del 67 murió Guevara y yo terminé de escribirlo más o menos un mes después.

    R.P. ¿Cómo lo ves vos dentro de la serie de los Irlandeses, qué idea tenés sobre esos cuentos?

    R.W. Claro, bueno, en la serie de los Irlandeses, que por ahora son estos tres cuentos, evidentemente hay una recreación autobiográfica pero, quizá, no tan estrecha como podría parecer. Lo autobiográfico es nada más que un punto de partida, una anécdota y a veces ni siquiera una anécdota entera sino media anécdota. Porque yo estuve en dos colegios irlandeses, uno en Capilla del Señor, que era un colegio de monjas irlandesas en el año 37 y después en el 38, 39 y 40 estuve en este otro, el Instituto Fahy de Moreno, que era un colegio de curas irlandeses. En este sentido hay una realidad mixta, ¿no es cierto?, porque hay un mundo de irlandeses pero al mismo tiempo es la Argentina, y es indudablemente en la Argentina, es decir, hay una burla acerca de uno de los personajes, no sé si en este cuento o en cuál de los cuentos, que dice que uno de los personajes pretendía ser descendiente de reyes y no de humildes chacareros de Suipacha. Cada tanto eso está, está porque estaba, el mundo se vivía así, doblemente...

    R.P. ¿Dicotómicamente?

    R.W. Exacto, hay una evidente dicotomía. Por otro lado hay una cierta evolución de la serie, en este cuento aparece una nota política, la primera más expresamente política, porque había una connotación política en todos los otros pero mucho más simbólica e inconsciente. Quiero decir, hay una evolución en los cuentos; aquí, en este cuento se empieza a hablar del pueblo y de sus expectativas de salvación representadas por un héroe, es un héroe externo, es decir, no deposita sus expectativas en sí mismo, sino en algo que es externo, por admirable que pueda ser. Creo que la clave de la iluminación, de la comprensión sobre la relación política de este caso entre el pueblo, por un lado, y sus héroes, por el otro, está en el final, cuando dice "...mientras Malcolm se doblaba tras una mueca de sorpresa y de dolor, el pueblo aprendió...", y después, más adelante, cuando dice "...el pueblo aprendió que estaba solo...", y más adelante "...el pueblo aprendió que estaba solo y que debía pelear por sí mismo y que de su propia entraña sacaría los medios, el silencio, la astucia y la fuerza..." Creo que ese es el pronunciamiento más político de toda la serie de los cuentos y muy aplicable a situaciones muy concretas nuestras: concretamente al peronismo e inclusive a las expectativas revolucionarias que aquí se despertaban o se despertaron con respecto a los héroes revolucionarios, inclusive con respecto al Che Guevara, que murió en esos días, te das cuenta, la gente que te decía: si el Che Guevara estuviera aquí entonces yo me meto y todos nos metemos y hacemos la revolución. Concepto totalmente mítico, es decir, el mito, la persona, el héroe haciendo la revolución en vez de ser el conjunto del pueblo cuya mejor expresión es sin duda el héroe, en este caso el Che Guevara, pero que ningún tipo aislado por grande que sea puede absolutamente hacer nada, es decir, cuando se delega en él lo que es una cosa de todos no se da el proceso, no se puede dar. Creo que ésa es la lección que ellos aprenden ese día; no es un tipo venido de afuera porque no hay ninguna connotación peyorativa para el tipo que viene de afuera, que pelea, se juega y es un héroe. No deja de ser un héroe por el hecho de que el otro lo cague a patadas, pero lo que ellos aprenden es que ellos, en una segunda instancia, si es que ellos se la quieren cobrar con respecto al celador, se tienen que combinar entre ellos y ellos cagarlo a patadas entre todos. Esa es la lección.

    R.P. ¿Una especie de metáfora política?

    R.W. Que se me hizo consciente después, en este tipo de relato donde yo recupero cosas muy viejas y que tienen una vida propia muy poderosa; yo no necesito legislar por anticipado lo que va a pasar, eso pasa y después vuelvo y lo interrumpo y a lo sumo hago algunos ajustes.

    R.P. Volviendo un poco atrás, ¿qué perspectivas le ves vos a la serie de los Irlandeses. ¿La vas a seguir? ¿La ves como una sola historia?

    R.W. Sí, yo pienso seguirla. Hay un par de temas más que tengo pensados por allí y seguramente si me pusiera saldrían muchos más en vez de un par. En ese caso asumiría la forma de esas novelas hechas de cuentos que es una forma primitiva de hacer novela, pero bastante linda. Habría un par de historias adicionales ya pensadas, una de las cuales será de adultos, es decir, es un cuento contado por chicos pero que es de adultos. El título es "Mi tío Willie que ganó la guerra" Es una historia contada por los chicos en una circunstancia especial: están enfermos en la enfermería. Hay una peste de escarlatina y un chico cuenta la historia de un tío que va a pelear a la guerra mundial, entonces la historia ahí se le escapa: comienza a ser una historia de adultos, después vuelve al narrador final, pero la historia se les escapa. Esa sería una de las historias. Hay otra historia probable con la intervención y participación del diablo, también en la misma enfermería. Probablemente yo calculo a muy grosso modo que la historia puede crecer, pero yo no quiero darle un crecimiento infinito. Es probable que la historia final la integren seis o siete historias que constituyan una novela hecha por cuentos, todos episodios transcurridos en un año, hasta el último día en el colegio.

    R.P. ¿Vos veías esto desde el principio, viste la posibilidad de esta serie cuando empezaste a escribir el primer cuento?

    R.W. Es medio difícil. Evidentemente la intención de escribir sobre esto yo la tenía hace mucho, es decir, yo tengo borradores o apuntes sobre la vida del colegio que datan de hace muchos años, quince años tal vez, pero como eran muy malos, nunca los retomé. De golpe, en el 64 escribí el primer cuento, yo no sé si en ese momento tuve la intención de escribir más que ese primer cuento, pero ya cuando escribí el segundo la idea de la serie apareció sola.

    R.P. También se conecta con cierta tradición de la literatura en lengua inglesa, digo, porque es un poco cierto mundo del primer Joyce, un poco el tono de Faulkner. Sobre todo en la textura de los cuentos, esa escritura que podríamos llamar "bíblica" de algún modo. En este sentido los veo con una personalidad propia en relación con el estilo del resto de tu obra, que tiende a ser más ascético.

    R.W. Exacto, puede ser. Yo ahí en ese caso más que con Joyce, si bien evidentemente en el Retrato y en algunos cuentos e inclusive en el Ulises, ya ni me acuerdo, haya algunas historias que transcurren en un colegio de curas, fijate que si yo tuviera que buscar alguna influencia en la forma, es decir en el tipo de estilo que vos llamaste bíblico, es decir en el tipo de desarrollo de la frase, lo buscaría tal vez más en Dunsany, que temáticamente no tiene nada que ver. Y yo a Dunsany lo he leído en traducción, salvo algún cuento; no sé si te acordás aquellos Cuentos de un soñador, esa forma creciente, envolvente; eso me impresionó mucho, mucho, cuando lo leí hace muchos años. Ahora, es cierto que son diferentes de los otros. Evidentemente si queremos calificar el modo de escritura o la tentativa que hay en el modo de escritura hacia un uso ampliado de la palabra, es decir, una amplificación de los recursos hacia un lenguaje; si quisiéramos calificarlo de algún modo épico que es lícito usar en el sentido de que las anécdotas y el medio son muy pequeños y entonces vos podés usar un lenguaje grandioso y grandilocuente para historias de chicos que no me lo permitiría quizá si tuviera que escribir una historia épica, entonces tal vez usaría un lenguaje muy reducido. 

    R.P. Otra cosa que me interesa ver es la relación entre cuento y novela, digamos, en términos generales, esta especie de novela fragmentaria que vos proponés. Es una novela que se va leyendo en textos discontinuos, es el lector quien reconstruye distintos momentos que van formando una sola historia y, a la vez, cierta particularidad en la estructura narrativa que siempre se ordena alrededor de una acción breve; incluso relatos largos, como cartas, están armados sobre pequeñas situaciones. Yo no sé si vos has pensado sobre esto.

    R.W. Sí, yo he pensado cosas muy contradictorias según mis estados de ánimo o, en fin, pasando por distintas etapas. El mayor desafío que se le presenta hoy por hoy y que se le presenta sistemáticamente a un escritor de ficción es la novela. Yo no sé bien de dónde procede eso, por qué esa exigencia y hasta qué punto la novela es la forma más justificable, porque hasta cierto punto tiene una categoría artística superior, aunque hay excepciones; a Borges, por ejemplo, nadie le pide una novela. Por otro lado esto nos lleva a un problema mucho más general sobre el cual habría que indagar, es decir, no he terminado de convencerme ni de desconvencerme. Habría que ver hasta qué punto el cuento, la ficción y la novela no son de por sí el arte literario correspondiente a una determinada clase social en un determinado período de desarrollo, y en ese sentido y solamente en ese sentido es probable que el arte de ficción esté alcanzando su esplendoroso final, esplendoroso como todos los finales, en el sentido probable de que un nuevo tipo de sociedad y nuevas formas de producción exijan un nuevo tipo de arte más documental, mucho más atenido a lo que es mostrable. Eso me preguntaron, me hicieron la pregunta cuando apareció el libro de Rosendo. Un periodista me preguntó por qué no había hecho una novela con eso, que era un tema formidable para una novela. Lo que evidentemente escondía la noción de que una novela con ese tema es mejor o es una categoría superior a la de una denuncia con ese tema. Yo creo que esa concepción es una concepción típicamente burguesa, de la burguesía y ¿por qué? Porque evidentemente la denuncia traducida al arte de la novela se vuelve inofensiva, no molesta para nada, es decir, se sacraliza como arte. Ahora, en el caso mío personal, es evidente que yo me he formado o me he criado dentro de esa concepción burguesa de las categorías artísticas y me resulta difícil convencerme de que la novela no es en el fondo una forma artística superior; de ahí que viva ambicionando tener el tiempo para escribir una novela a la que indudablemente parto del presupuesto de que hay que dedicarle más tiempo, más atención y más cuidado que a la denuncia periodística que vos escribís al correr de la máquina. Creo que es poderosa, lógicamente muy poderosa, pero al mismo tiempo creo que gente más joven que se forma en sociedades distintas, en sociedades no capitalistas o en sociedades que están en proceso de revolución, gente más joven va a aceptar con más facilidad la idea de que el testimonio y la denuncia son categorías artísticas por lo menos equivalentes y merecedoras de los mismos trabajos y esfuerzos que se le dedican a la ficción.

    R.P. De todos modos pienso que esos cambios habría que ligarlos no sólo a la voluntad personal de los escritores, sino también al momento de la lucha de clases en la Argentina. Quiero decirte: no es casual que nos planteemos esa problemática, esta discusión en este momento, a un año del Cordobazo. La movilización de las masas les replantea constantemente a los intelectuales el problema de sus posibilidades y de sus maneras de actuar, participar en la lucha del pueblo.

    R.W. Es cierto, ahora en ese sentido los escritores de ficción, dentro del campo de los escritores y de los intelectuales, hemos ocupado una posición de retaguardia porque esto que yo digo en relación con los escritores de ficción no es enteramente cierto en relación con los ensayistas, por ejemplo. No es enteramente cierto porque tipos como Scalabrini Ortiz en el año 40 ya eran escritores, no hay ninguna duda, aunque él había empezado escribiendo un cuento. Esos tipos sí fueron una vanguardia. Lo que yo te digo de los escritores era cierto de los estudiantes hace cuatro o cinco años, y la capacidad de ellos de reaccionar con hechos frente al proceso y la de maniobra que tiene un estudiante es mucho mayor que la que tiene un escritor, porque el estudiante reacciona cuando cambia una idea; pero vos cuando cambia la idea tenés que escribir un libro, que es más difícil que tirar una piedra, y entonces el movimiento es más difícil y parece más serio. Yo no creo que haya un atraso, sino que, en efecto, el proceso es más duro para los escritores que nos hemos criado en la idea de la novela burguesa; esa novela que uno quiso escribir desde los quince años no sirve para un carajo y en realidad lo que hay que escribir es otra cosa.

    R.P. Digamos que de algún modo entonces lo que hay que enfrentar al mismo tiempo es una idea de la literatura.

    R.W. O por lo menos desacralizarla un poquito, porque evidentemente Occidente ha hecho del escritor una imagen tan monstruosa como la de la actriz: es la puta del barrio. Son sagrados los tipos. Ahora, para desacralizar a los tipos tenés que cuestionar todo, para la utilidad de lo que están haciendo y sobre todo para poder desafiarlos con su propia ambigüedad, salvo Borges, que preservó su literatura confesándose de derecha, que es una actitud lícita para preservar su literatura y él no tiene ningún problema de conciencia. Vos viste que desde la derecha no hay ningún problema para seguir haciendo literatura. Ningún escritor de derecha se plantea si en vez de hacer literatura no es mejor entrar en la Legión Cívica. Solamente se plantea el problema de este lado; entonces vos tenés que hablar, tenés que decir eso con los escritores de izquierda. Hay un dilema. De todos modos no es tarea para un solo tipo, es una tarea para muchos tipos, para una generación o para media generación volver a convertir la novela en un vehículo subversivo, si es que alguna vez lo fue. Desde los comienzos de la burguesía, la literatura de ficción desempeñó un importante papel subversivo que hoy no lo está desempeñando, pero tienen que existir muchas maneras de que vuelva a desempeñarlo y encontrarlas. Entonces, en ese caso, habrá una justificación para el novelista en la medida en que se demuestre que sus libros mueven, subvierten. Por otro lado, mientras uno está fuera de todo contacto con la acción política, ya sea directa o por el medio que te rodea, uno está alienado en el concepto burgués de la literatura. Sos un inocente en realidad, vos estás en realidad compitiendo con estos tipitos a ver quién hace mejor el dibujito cuando en realidad te importa un carajo, porque vas a estar compitiendo con estos tipos hasta que te das cuenta de que tenés un arma: la máquina de escribir. Según cómo la manejás es un abanico o es una pistola y podés utilizar la máquina de escribir para producir resultados tangibles, y no me refiero a los resultados espectaculares, como es el caso de Rosendo, porque es una cosa muy rara que nadie se la puede proponer como meta, ni yo me lo propuse, pero con cada máquina de escribir y un papel podés mover a la gente en grado incalculable. No tengo la menor duda.

     

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    Texto de compañía:ana longoni

    Arte rosa light y arte Rosa Luxemburgo

     

    Voy a partir del chiste del título para llevarlo al extremo de su literalidad. Voy a invocar entonces, si se pudiera, el “arte/Rosa Luxemburgo”, o más precisamente su relación con el arte, su concepción estética.

    Ella, la dirigente marxista polaca que polemizó duramente con Kautsky, con Lenin, con Trotsky, la mujer cuyo brutal asesinato en 1918 condensó la derrota de la naciente revolución alemana, es señalada como “el profeta por excelencia de la revolución no institucionalizada”. Una idea, esta de “revolución no institucionalizada”, que sumada a su defensa de la espontaneidad y la participación democrática de las masas, despertarán sin duda mucha mayor simpatía entre nosotros que la que hoy nos generan dogmas como el del realismo socialista.

    Pero a pesar de que a su movimiento político Espartaco se sumaron los dadaístas alemanes, cuyos fotomontajes se elaboraban y repartían como volantes mientras participaban en combates en las calles, Rosa no era vanguardista en cuanto al arte se refiere.

    Su predilección por los clásicos[1] (en la música Mozart y Beethoven, Da Vinci y Rembrandt como pintores, Shakespeare en literatura) queda en evidencia en las cartas que escribe desde la cárcel, donde pasó largas temporadas de su corta vida. En la prisión de Breslau, meses antes de ser asesinada, escribe a su amiga Sonia Liebknecht –Soniuska– acerca de un nuevo Ticiano adquirido por el Friedrich-Museum: “Le diré que, francamente, Ticiano no es artista de mi predilección. Me parece excesivamente meticuloso, y sus cuadros relamidos y fríos en demasía. (...) Pero no quiere decir que no me prestase, si pudiera, a ir con usted al museo a rendir homenaje a la nueva adquisición” (Cartas de la prisión, p. 250).

    En otra de sus incursiones imaginarias fuera de los límites de la prisión, envía a su amiga al Jardín Botánico: vaya “en representación mía, (...) al mediodía de un día despejado, y escuche atentamente todos los rumores, para comunicármelos”. La intriga, en su encierro, la percepción de que “los pájaros han llegado un mes o mes y medio antes de lo acostumbrado” (p. 251-252).

    En cuanto a cómo concebía ella la relación entre el arte y la política, su biógrafo más importante, Peter Nettl, escribe: “Precisamente porque Rosa Luxemburgo no le hacía concesiones artísticas a la política, sería un error suponer que el arte y la política no estaban relacionados en el nivel más alto de la conciencia personal. En esto no había conflictos: el conflicto sólo lo creaban los intentos torpes de manipular el arte para fines políticos en lugar de dejarlo desempeñar su propio papel autónomo y, posiblemente, superior. Mientras más grande sea el arte, más importante será su efecto político último: elevar la civilización” (Rosa Luxemburgo, p. 42).

    Metáfora recurrente, esa de elevar, para definir el lugar del arte en la política. Otras metáforas que describen esa relación (descubrir lo oculto, concientizar al pueblo, adelantarse a su tiempo, materializar un clima por venir) permiten adivinar concepciones distintas pero con una matriz común: el arte como un orden superior, separado y distinto al mundo cotidiano de los no-artistas.

    Otro conjunto de metáforas alude más bien a la subordinación, al sometimiento del arte respecto de la política: el arte al servicio de la política, el arte como ilustración de la política, la difusión y la propaganda. El arte como una de las herramientas para alcanzar logros políticos con mayor eficacia.

    Pero, ¿qué es el arte sino un conjunto de prácticas, de obras, de textos, de sujetos (productores y receptores) y de espacios que se entrecruzan planteándose afinidades, alianzas, competencias, disputas por el poder, incluso desde su misma impugnación? ¿Y no es el poder la materia misma de la política?

    Desde allí, entiendo que la oposición que hoy se discute entre dos bloques (arte light /arte político) es básicamente falsa y distorsionante, por varios motivos.

    En principio, porque no vislumbro dos bloques o sectores en tanto abroquelamientos coherentes, homogéneos. Esa idea no resiste ninguna lectura en profundidad. Que no existe un “arte político” es obvio: en ese gigantesco paraguas encontramos desde formas residuales (viejos pintores de salón que ilustran la miseria o el descontento) hasta prácticas conceptuales o performáticas instaladas en la calle, desde grupos que se articulan (y se fusionan y colisionan) a la asamblea o al piquete hasta exposiciones multitudinarias, más masivas que aquella renombrada del Homenaje al Vietnam de 1966, en espacios institucionales (pienso en “Las camitas” en el CC Recoleta). Algunas novedades, muchas viejas recetas.

    Y si Rosa no le hacia “concesiones artísticas a la política”, ¿por qué hacerle nosotros concesiones políticas al arte? Se genera una sinonimia falaz entre “arte político” e ideas de izquierda, al menos progresistas, o “políticamente correctas”. Y sabemos –León Ferrari no se cansa de denunciarlo– que Miguel Ángel y Rafael son los más grandes artistas políticos de todos los tiempos. Los que lograron proveer de imágenes al poder eclesiástico, los “artistas del poder”: “el extraordinario arte político que colaboró con la Iglesia y que constituye buena parte del tesoro cultural de Occidente”.[2]

    Incluso si recortamos la adscripción del “arte político” a la izquierda: ¿de qué izquierda hablamos? ¿Del reto de Juan B. Justo al socialista Ernesto de la Cárcova por usar oleos y mostrar “Sin pan y sin trabajo” en un salón de señores bien?  ¿De las proscripciones del Partido Comunista frente al arte concreto, que derivaron, por ejemplo, en las expulsiones de Maldonado y Hlito?¿Del implícito pero ineludible mandato de las organizaciones armadas de los años ’70 hacia sus militantes para que abandonaran sus “profesiones” pequeño-burguesas en pos de la toma del poder?

    Hablar hoy de “arte político” corre el peligro de resultar no sólo una fórmula vacía, sino además definitivamente falta de riesgo y aplastante. Recurriendo a ella para definir o circunscribir determinadas manifestaciones artísticas quedaríamos atrapados por la lógica de una operación ajena: la de imponerla como categoría de moda. No viene mal recordar, por ejemplo, cuánto aportó Jorge López Anaya en los ‘80/’90 al encorsetamiento de un conjunto heterogéneo de artistas bajo el mote tan insuficiente de “arte light” (mote que a muchos de ellos les resultaba fuertemente incómodo, y que además los separaba de otras prácticas y espacios con los que venían dialogando en términos de estéticas distintas y diferentes articulaciones con movimientos políticos y sociales: ahora pienso en intervenciones urbanas como la de las siluetas o las acciones de Capataco). También habría que señalar que fue el mismo crítico el que cuando se cumplían 30 años de la realización de Tucumán Arde publicó en La Nación la única nota periodística que hizo eco del aniversario.[3] Ya entonces (1998) hablaba con beneplácito de “la mirada crítica” y de “arte contestatario”.[4]

    En estos falsos dilemas, en el recurso a categorías absolutas,  radica la nada original habilidad de algunos críticos y curadores locales que hasta hace poco defenestraban la intromisión política en el arte, y son ahora los que acompañan un evidente vuelco internacional (evidenciado en las últimas dos Documenta Kassel, en la próxima Bienal de Venecia, etc.)­ hacia el llamado “arte político”.

    “Ha muerto el arte light; viva la institución”, podrían proclamar. No estaría mal ir de visita al Jardín Botánico, a ver si encontramos allí indicios de alguna adelantada primavera.

     

     

    Ana Longoni

    12 mayo 2003

     



    [1] A diferencia de Marx, mantiene una relación ambigua con el romanticismo. Por un lado no le gusta Schiller, pero cita frecuentemente a Meyer, que encarna de modo más superficial la mentalidad del poeta romántico revolucionario.

    [2] León Ferrari, “El arte del poder”, 24/9/1993.

    [3]  “La mirada crítica”, La Nación, 29-11-1998, Sec.6, p. 7.

    [4] También en su Historia del arte argentino (1997), se refiere a “Tucumán Arde” como a un “operativo” encuadrado dentro del “arte político”.

    Texto de compañía:e.e.cummings

    e.e.cummings

    EL UNO Y EL INNUMERABLE QUIEN

     

     

    58:318

     

    el amor es un sitio

    & a través de ese sitio del

    amor se mueven

    (con brillo de sosiego)

    todos los sitios

     

    el sí es un mundo

    & en este mundo del sí

    viven

    (cuidadosamente ovillados)

    todos los mundos

    (1935)

     

    69: 466

    ahora (el amor) todos los dedos de este árbol tienen

    manos, y todas las manos tienen gente; y

    cada persona está (mi amor) más viva

    de lo que podrían entender todos los mundos

     

    y ahora eres y soy ahora y somos

    un misterio que nunca más volverá a suceder,

    un milagro que nunca había sucedido-

    y este brillante ahora debe volverse entonces

     

    nuestro entonces será alguna oscuridad en la que no

    tengan manos los dedos; y no te tenga

    yo a ti: y todos los arboles sean (cualquiera más

    sin hojas que cada uno)

    su parasiempre nieve

    silenciosa

     

    _pero nunca tengas miedo (mía, hermosa,

    en flor) porque el entonces es también un hasta.

    (1950)

     

     

    Texto de compañía:quasimodo

    Ognuno è solo
    sul cuore della terra
    trafitto da un raggio di luce
    ed è subito sera.

    Texto de compañía:Ilya Prigogine

     

     

    EL DESORDEN CREADOR

     

    Ilya  Prigogine

      

    Fuente: http://www.inisoc.org/prigo.htm

     

    Las opiniones sobre la noción de tiempo son, frecuentemente, variadas y contradictorias. Un físico dirá que ha sido introducida por Newton y que el problema que esa noción plantea ha sido globalmente resuelto. Los filósofos piensan de manera muy diferente: relacionan el tiempo con otras nociones, como el devenir y la irreversibilidad. Para ellos, el tiempo sigue siendo una interrogación fundamental. Me parece que esta divergencia de puntos de vista es la cesura más neta dentro de la tradición intelectual occidental. Por un lado, el pensamiento occidental ha dado nacimiento a la ciencia y, por consiguiente, al determinismo; por otro lado, este mismo pensamiento ha aportado el humanismo, que nos remite, más bien, hacia las ideas de responsabilidad y creatividad.

     

    Filósofos como Bergson o Heidegger han planteado que el tiempo no incumbe a la física, sino a la metafísica. Para ellos, el tiempo pertenece claramente a un registro diferente, sobre el que la ciencia no tiene nada que decir. Pero estos pensadores disponían de menos herramientas teóricas de las que tenemos hoy.

     

    Personalmente, considero que el tiempo brota de lo complejo. Un ladrillo del paleolítico y un ladrillo del siglo XIX son idénticos, pero las edificaciones de las que formaban parte no tienen nada en común: para ver aparecer el tiempo hay que tomar en consideración el todo.

     

     

    El no-equilibrio, fuente de estructura

     Los trabajos que he realizado hace una treintena de años han demstrado que el no-equilibrio es generador de tiempo, de irreversibilidad y construcción. Hasta entonces, durante el siglo XIX y gran parte del XX, los científicos se habían interesado, sobre todo, en los estados de equilibrio. Después han comenzado ha estudiar los estados cercanos al equilibrio. Así, han evídenciado el hecho de que, desde el momento en que se produce un pequeño alejamiento del equilibrio termodinámico, se observa la coexistencia de fenómenos de orden y fenómenos de desorden. No se puede, por tanto, identificar irreversibilidad y desorden.

     

    El alejamiento del equilibrio nos reserva sorpresas. Nos damos cuenta de que no se puede prolongar lo que hemos aprendido en estado de equilibrio. Descubrimos nuevas situaciones, a veces más organizadas que cuando hay equilibrio: se trata de lo que yo llamo puntos de bifurcación (1), soluciones a ecuaciones no lineales. Una ecuación no lineal admite frecuentemente varias soluciones: el equilibrio o la proximidad al equilibrio constituye una solución de esa ecuación, pero no es la única solución.

     

    Así, el no-equilibrio es creador de estructuras, llamadas dísipatívas porque sólo existen lejos del equilibrio y reclaman para sobrevivir una cierta disipación de energía y, por tanto, el mantenimiento de una interacción con el mundo exterior. Al igual que una ciudad que solamente existe en cuanto que funciona y mantiene intercambios con el exterior,la estructura disipativa desaparece cuando deja de ser "alimentada".

     

    Ha sido muy sorprendente descubrir que, lejos del equilibrio, la materia tiene propiedades nuevas. También asombra la variedad de los comportamientos posibles. Las reacciones químicas oscilantes son una buena muestra de ello. Por ejemplo, el no-equilibrio conduce, entre otras cosas, a fenómenos ondulatorios, en los que lo maravilloso es que están gobernados por leyes extremadamente coherentes. Estas reacciones no son patrimonio exclusivo de la Química: la hidrodinámica o la óptica tienen sus propias particularidades.

     

     

    En el equilibrio, la materia es ciega; lejos del equilibrio la materia ve

     Finalmente, las situaciones cercanas al equilibrio están caracterizadas por un mínimo de alguna cosa (energía, entropía, etc.), al que una reacción de pequeña amplitud las hace retornar si se alejan un poco de él. Lejos del equilibrio, no hay valores extremos. Las fluctuaciones ya no son amortiguadas. En consecuencia, las reaccíones observadas lejos del equilibrio se distinguen con más nitidez, y por tanto, son mucho más interesantes. En el equilibrio, la materia es ciega, mientras que lejos del equilibrio la materia capta correlaciones: la materia ve. Todo esto conduce a la paradójica conclusión de que el no-equilibrio es fuente de estructura.

     

    El no-equilibrio es un interface entre ciencia pura y ciencia aplicada, aunque las aplicaciones de estas observaciones a la tecnología estén solamente en sus inicios. Actualmente, empieza a comprenderse que la vida es, probablemente, el resultado de una evolución que se dirige hacia sistemas cada vez más complejos. Es cierto que no se conoce exactamente el mecanismo que ha producido la primeras moléculas capaces de reproducirse. La naturaleza utiliza el no-equilibrio para sus estructuras más complejas. La vida tiene una tecnología admirable, que muy frecuentemente no llegamos a comprender.

     

     

    Pensar en términos de probabilidades, no de trayectorias

     El no-equilibrio no puede ser formalizado a través de ecuaciones deterministas. En efecto, las bifurcaciones son numerosas y, cuando se repiten las experiencias, el camino seguido no es siempre el mismo. Por tanto, el fenómeno es determinista entre las bifurcaciones, pero es totalmente aleatorio en las bifurcaciones. Entra en directa contradicción con las leyes de Newton o de Einstein, que niegan el indeterminismo. Evidentemente, esta contradicción me ha preocupado mucho. ¿Cómo superarla? La actual teoría dinámica nos ofrece herramientas particularmente interesantes al respecto. Contrariamente a lo que pensaba Newton, ahora se sabe que los sistemas dinámicos no son todos idénticos. Se distinguen dos tipos de sistemas, los sistemas estables y los sistemas inestables. Entre los sistemas inestables, hay un tipo particularmente interesante, asociado con el caos determinista. En el caos determinista, las leyes microscópicas son deterministas pero las trayectorias toman un aspecto aleatorio, que procede de la "sensibilidad a las condiciones iniciales": la más pequeña variación de las condiciones iniciales implica divergencias exponenciales. En un segundo tipo de sistemas, la inestabilidad llega a destruir las trayectorias (sistemas no integrables de Poincaré). Una partícula ya no tiene una trayectoria única, sino que son posibles diferentes trayectorias, cada una de ellas sujeta a una probabilidad.

     

    Agruparemos estos sistemas bajo el nombre de caos. ¿Cómo tratar este mundo inestable? En vez de pensar en términos de trayectorias, conviene pensar en términos de probabilidades. Entonces, se hace posible realizar predicciones para grupos de sistemas. La teoría de caos es algo semejante a la mecánica cuántica. Es necesario estudiar en el ámbito estadístico las funciones propias del operador de evolución (hacer su análisis espectral correspondiente). En otros términos, la teoría del caos debe formularse a nivel estadístico, pero esto significa que la ley de la naturaleza toma un nuevo significado. En lugar de hablar de certidumbre, nos habla de posibilidad, de probabilidad.

     

    La flecha del tiempo es, simultáneamente, el elemento común del universo y el factor de distinción entre lo estable y lo inestable, entre lo organizado y el caos. Para ir más lejos en esta reflexión, es necesario extender los métodos de análisis de la física cuántica, especialmente saliendo del espacio euclediano (el espacio de Hilbert, en sentido funcional) en cuyo seno está definida. Afortunadamente, matemáticos franceses, ante todo Laurent Schwartz, han descrito una nueva matemática, que permite aprehender los fenómenos de caos y describirles en el ámbito estadístico.

     

    Pero el caos no explica todo. La historia y la economía son inestables: presentan la apariencia del caos, pero no obedecen a leyes deterministas subyacentes. El simple proceso de la toma de decisión, esencial en la vida de una empresa, recurre a tantos factores desconocidos que sería ilusorio pensar que el curso de la historia puede modelizarse por medio de una teoría determinista.

     

    El segundo tipo de sistemas inestables evocados más arriba es conocido bajo la denominación de sistemas de Poincaré. Los fenómenos de resonancia juegan en ellos un papel fundamental, pues el acoplamiento de dos fenómenos dinámicos da lugar a nuevos fenómenos dinámicos. Estos fenómenos pueden ser incorporados en la descripción estadística y pueden conducir a diferencias con las leyes de la mecánica clásica newtoniana o la mecánica cuántica. Estas diferencias se ponen de manifiesto en los sistemas en los que se producen colisiones persistentes, como los sistemas termodinámicos. La nueva teoría demuestra que se puede tender un puente entre dinámica y termodinámica, entre lo reversible y lo irreversible.

     

     

    La inestabilidad no debe conducirnos al inmovilismo

     Nos encontramos en un período "bisagra" de la ciencia. Hasta el presente, el pensamiento ponía el acento sobre la estabilidad y el equilibrio. Ya no es así. El propio Newton sospechó la inestabilidad del mundo, pero descartó la idea porque la encontró insoportable. Hoy, somos capaces de apartarnos de los prejuicios del pasado. Debemos integrar la idea de inestabilidad en nuestra representación del universo. La inestabilidad no debe conducir al inmovilismo. Al contrario, debemos estudiar las razones de esta inestabilidad, con el propósito de describir el mundo en su complejidad y comenzar a reflexionar sobre la manera de actuar en este mundo. Karl Popper decía que existe la física de los relojes y la física de las nubes. Después de haber estudiado la física de los relojes, ahora debemos estudiar la física de las nubes.

     

    La física clásica estaba fundada sobre un dualismo: por un lado, el universo tratado como un autómata; por otro lado, el ser humano. Podemos reconciliar la descripción del universo con la creatividad humana. El tiempo ya no separa al ser humano del universo.

     

     

    NOTAS

     (1) Los puntos de bifurcación son puntos singulares que corresponden a cambios de fase en el no-equilibrio.

    CLARICE LISPECTOR

     

    CLARICE LISPECTOR

     

    Fragmentos hilvanados del libro La Pasión según G.H.

     

    He perdido algo que era esencial para mi y ya no lo es. No me es necesario, como si hubiese perdido una tercera pierna que hasta entonces me impedía caminar, pero que hacía de mi un trípode estable. He vuelto a ser una persona que nunca fui. He vuelto a tener lo que nunca tuve: sólo dos piernas. Se que únicamente con dos piernas es como puedo caminar. Pero la ausencia inútil de la tercera me hace falta y me asusta; era ella la que hacía de mi algo hallable  por mi misma.

     

    Estoy desorganizada porque he perdido lo que no necesitaba?

     

    La cobardía es lo más nuevo que me acontece, es mi mayor aventura, esa mi nueva cobardía es un campo tan amplio, que sólo una gran valentía me lleva a aceptarla.

     

    Es difícil perderse. Es tan difícil, que probablemente preparare deprisa un modo de hallarme.

     

    Se que he entrado. Pero me asusté por que no se adonde conduce esa entrada.

     

    Ayer perdí durante horas y horas mi montaje humano. Si tuviese valor ,me dejaría seguir perdida.

     

    Por qué el ver produce una tal desorganización?

     

    Escucha, es preciso que hable porque no sé que hacer de lo que he vivido. Peor aún: no quiero lo que he visto. Lo que he visto hace pedazos mi vida cotidiana. Disculpa este regalo, realmente preferiría haber visto algo mejor. Toma lo que he visto, líbrame de mi inútil visión, y de mi pecado inútil. Estoy tan asustada que solo podré aceptar que me he perdido si imagino que alguien me tiende la mano.

     

    Dar la mano a alguien ha sido siempre lo que espere de la alegría. Muchas veces, antes de dormirme – en esa lucha por no perder la conciencia y entrar en un mundo mas vasto – finjo que alguien me tiende la mano y entonces avanzo, avanzo hacia la enorme ausencia de forma que es el sueño. E incluso cuando, así acompañada, me falta la valentía, entonces sueño.

     

    Sumergirse en el sueño se parece tanto al modo en que ahora debo avanzar hacia mi libertad.... Entregarme a lo que no entiendo será como colocarme en los limites de la nada. Será como avanzar sin avanzar apenas, y como una ciega perdida en el campo. Esa cosa sobrenatural que es vivir. El vivir que yo había domesticado para volverlo familiar.

     

    Crear no es imaginación, es correr el gran riesgo de acceder a la realidad.

     

    Poco a poco me había transformado en la persona que tiene mi nombre. Y he terminado por ser mi nombre.

     

    Haber hecho escultura durante un tiempo indeterminado e intermitente también me daba un pasado y un presente que  permitía a los demás situarme: se refieren a mi como alguien que hace esculturas.

     

    Yo era la imagen de lo que no era, y esa imagen del no ser me colmaba por completo: uno de los modos más fuertes de ser es ser negativamente. Como no sabía yo lo que era, entonces "no ser" era mi acercamiento principal a la verdad: al menos tenía mi opuesto. No sabía cuál era mi bien, así que vivía con cierto pre-fervor lo que era mi "mal".

     

    Ahora se que yo tenía ya todo, aunque de modo contrario me dedicaba a cada detalle del no.

     

    Contemplaba yo lo que sólo tendría sentido más tarde , quiero decir, sólo más tarde tendría una profunda falta de sentido. Todo momento de "falta de sentido" es exactamente la aterradora certidumbre de que allí hay un sentido, y que no sólo no capto, sino que no quiero porque no tengo garantías.

     

    Tomar conciencia de la falta de sentido habría sido siempre mi modo negativo de sentir el sentido?

     

     

     

    Aquello era una violación de mis comillas, de las comillas que hacían de mí una citación de mí. Entonces, antes de comprender, mi corazón encaneció. El miedo enorme me perturbaba toda. Vuelta hacia mi interior, como un ciego ausculta su propia atención, me sentía por vez primera habitada por un instinto, como si por fin experimentase, y en mi misma, una grandeza mayor que yo.  Como si por vez primera estuviese por fin al nivel de la Naturaleza.

     

    Yo tomaba conciencia de mi como se toma conciencia de un sabor..

     

    Estaba saliendo de mi mundo y entrando en el mundo. Es que yo ya no me veía, veía la época. La soledad de estos primeros pasos míos no se parecía a la soledad de una persona.

     

    Pero esta no es la eternidad, es la condensación.

     

    Cuan lujoso es este silencio. Tiene un cúmulo de siglos.

     

    Es una metamorfosis donde pierdo todo lo que tenía, y lo que tenía era yo; sólo tengo lo que soy. Y ahora, qué soy?       Soy: estar de pie ante un espanto. Soy: lo que he visto. Lo inhumano es lo mejor de nosotros, es la cosa, la parte cosa de la gente.

     

    En la hora de mi muerte tampoco yo sería traducible en palabras.

     

    Morir es el futuro y es imaginable, y para imaginar siempre  había tenido tiempo. Pero el instante, este instante – la inmediatez – no es imaginable, entre la actualidad y yo no hay intervalo: es ahora en mí.

     

    Nunca antes había sabido que la hora de vivir tampoco tiene palabra.  

     

    Por primera vez en mi vida se trataba plenamente del ahora. Esta era la mayor brutalidad que había sufrido jamás. Pues la actualidad carece de esperanza, y la actualidad no tiene futuro: el futuro será exactamente de nuevo una actualidad.

     

    Parece que voy a tener que renunciar a todo lo que dejo detrás de los portones. Se que si cruzo los portones, entro en el seno de la Naturaleza. Se que entrar no es pecado. Pero es tan peligroso como morir. Así como uno muere sin saber a donde va, y esta es la mayor valentía de un  cuerpo. Entrar sólo es pecado porque es la condenación de mi vida, hacia la cual después quizás no pudiese volver ya.

     

    Quiero la  actualidad sin emparejarla con un futuro que la redima, ni con una esperanza; hasta ahora, lo que la esperanza quería de mí era solamente escamotear la actualidad.

     

    No soportaba permanecer  simplemente sentada allí, siendo, y por lo tanto quería hacer. Hacer sería trascender, trascender es un desenlace.     Pero había llegado el momento en que no era esa la cuestión.      Sentada, yo estaba en trance de ser. Sabía que sólo cuando no llamase saladas o dulces a las cosas, tristes o alegres o dolorosas o incluso con los matices de mayor sutileza, sólo entonces no estaría trascendiendo y permanecería en la cosa misma.

     

    No conozco ya el sentido del amor como antes pensaba que sabía, también de eso me estoy despidiendo.   Yo que llamaba amor a mi esperanza de amor.    Quiero saber si la esperanza era un compromiso con lo imposible.

     

    El mundo dejaría de amedrentarme sólo si yo me convirtiese en el mundo.

     

    El pecado renovadamente original es este: tengo que cumplir mi ley que ignoro, y si no cumpliese mi ignorancia, estaría cometiendo el pecado original contra la vida.

    Kokoschka, Oskar

    Kokoschka, Oskar

    Mi vida

    * de regreso de sus viajes me traía juguetes. El que más despertó mi interés fue una linterna mágica. En ella había imágenes en colores que se movían gracias al calor irradiado por una pequeña lámpara. Quizás no sea erróneo afirmar que debo a aquella linterna mágica el dinamismo de mis cuadros.

    * para distraerse de sus cuidados, solía hablarme de su pasado, de sus orígenes y también de mi nacimiento. Ahora bien, siempre se negó en redondo a revelarme la hora de mi nacimiento, incluso más tarde, cuando yo ya era conocido en la ciudad y quería hacerme el horóscopo. negar

    * de leyendas a cerca de mi abuela, hay una que me resulta inolvidable: la del presentimiento de su propia muerte.

    * “te lo estás inventando”, y: “¡Déjate de fantasías!”.

    * como en todos los demás países industrializados, que luchan por el control de los mercados, también allí fue necesario encarrilar artificialmente la producción.

    * la gran tarea consistía en integrar en la gran estructura económica al máximo posible de ciudadanos; la artesanía ya no tenía futuro. Las nuevas fábricas, que absorbían material humano, contribuían a menguar el peligro de que las masas que afluían a la ciudad procedentes del campo quedaran desamparadas.

    * las autoridades escolares reducían el acceso a la enseñanza media mediante pruebas de admisión especialmente duras. Educación

    * Sociedad Shakespeare de Austria.

    * llegué a conocer de memoria las portadas de los libros de la colección “Reclan” que estaban expuestos en el escaparate. Con el dinero de bolsillo que mi madre apartaba para mí del montante de la beca, y que estaba destinado a comprar un panecillo para el recreo o algo parecido, fui comprándome a lo largo de los años casi todos aquellos baratos volúmenes de Reclam, y así conocí a través de traducciones la gran literatura universal.

    * en vez de dedicarme a copiar una y otra vez el busto de yeso que teníamos en la escuela, yo me había confeccionado una naturaleza muerta y la pintaba. El profesor afirmó que yo había nacido para artista.

    * yo iba a estudia para profesor de dibujo. Se podía ir a la Academia de Bellas Artes o a la Escuela de Artes y Oficios. En la Academia se formaban artistas. Me decidí por la Escuela.

    * las nuevas ideas del modernismo, que apostaban por la salvación, es más, por el ennoblecimiento del trabajo artesanal.

    * La Secesión, una asociación de artistas, estaba presidida por Gustav Klimt. Como lema para la fachada del nuevo edificio se había elegido la divisa, algo provocativa: “A cada época su arte, al arte su libertad”. Tiempo
    * nuestro modelo era un hombre mayor, desnudo a excepción del consabido taparrabos. El hombre estuvo una semana allí de pie, inmóvil sobre el estrado, apoyado en un bastón.

    * aprehender y reproducir las diversas inflexiones y curvaturas de los cuerpos en movimiento constituía para mí una ocupación estimulante, en contraste con el aburrimiento de la enseñanza académica.

    * Museo de Historia Natural.

    * aquellas manifestaciones del mundo amenazado de extinción de los pueblos primitivos, las máscaras, los utensilios, las armas, las teclas y los tejidos daban testimonio de la existencia única e irrepetible, de hombres sencillos como yo, sin nada de genial.

    * simpatía sentía por los fósiles, por los animales disecados, por las plantas petrificadas, por los meteoritos, en fin, por los documentos de una era que jamás volverá.

    * el estado nacional es una idea romántica e irracional, y se lo confunde con la misteriosa atracción que ejerce la tierra natal. Una moderna rama de la biología, la ecología, explica el instinto territorial observado en el reino animal por la necesidad de alimentar a la prole y mantener la especie.

    * aún no estaba tan cansado de viajar como lo estoy ahora; además, todavía había visto poco mundo. Por otro lado, también me habría gustado tener un lugar donde hachar raíces, pues al cabo, al turista los árboles terminan por no dejarle ver el bosque, y el hombre deja de ser el que era en cuanto se aleja de su medio.

    * a mí siempre me pareció natural todo lo que él hacía por mí, y nunca supe agradecérselo.

    * tras ellos, en un paisaje desolado, me pinté a mí mismo. Ese cuadro fue más tarde requisado por los nacionalistas como obra de arte “degenerada”, y lo salvó el pintor y coleccionista tirolés Emanuel Fohn, quién se lo cambió a Göring por pintura románticas. Aquel hombre excelente lo mantuvo oculto durante muchos años, hasta que se lo legó a la Pinakothek de Munich. Censura

    * soy un negado para las tareas administrativas.

    * pero yo nunca iba al Café du Dome ni al Deux Margots. En aquella época, Ilia Ehrenburg y Hemingway se sentaban allí a escribir sus novelas, rodeados de un enjambre de admiradores. No me hacía ninguna gracia aquel mercado de genios en el que los artistas de moda se sentaban a esperar la clientela americana. 

    * durante mi estancia en Checoslovaquia, vivían allí, sin estorbarse los unos a los otros, checos, alemanes, eslovacos y judíos. Quizás no se entendieran en sus respectivas lenguas, pero el pájaro que vive en un gran árbol no entiende a la ardilla, ni esta al ratón que vive al pie del árbol, y sin embargo todos se contentan con lo que tienen y aprovechan la oportunidad que se les ofrece para seguir viviendo. Y quizás incluso son útiles los unos para los otros, como la abeja que transporta el polen de una flor a otra. Multiplicidad

    * en mis primeros tiempos en Praga conocí, como ya he mencionado, a Hugo Feigl, un pequeño marchante que paseó con migo por la ciudad durante días enteros, para encontrar lugares desde los que pintar. Consiguió que los propietarios de pisos, jardines y casas desde los que yo creía que se disfrutaría de una buena vista me dejaran pintar en ellos, y finalmente animó a una serie de coleccionistas a comprar los cuadros ya terminados. Me hacía falta el dinero, eran tiempos difíciles. Feigl era uno de esos marchantes que no organiza exposiciones sólo para ganar dinero, sino con el convencimiento de estar cumpliendo una misión. No estaba ni a favor ni en contra del arte moderno; simplemente creía en la eternidad del arte. Por fortuna consiguió ponerse a salvo a tiempo, antes de la invasión alemana. Huyó a Nueva York, donde los todopoderosos marchantes autóctonos le dieron la espalda igual que los buitres y los gavilanes ignoran al reyezuelo.

    * el vuelo fue realmente agradable; por debajo de nosotros pasaban paisajes soleados como un folleto publicitario de una agencia de viajes.

    * conseguí relativamente pronto ganarme la vida. Mi primer cliente fue un joven amigo inglés- más tarde Lord Croft -, que me encargó dos retratos, el suyo y el de su hermana.

    * un tímido joven, delineante industrial, venía con frecuencia a verme dibujar; quería ser alumno mío. Para asegurarme de la seriedad de su propósito, le impuse las siguientes condiciones: en primer lugar, que tirase al mar, ante mis ojos, su caja de pinturas, su pincel, su goma de borrar y su regla; y en segundo lugar que se dedicase, igual que yo, a observar los cangrejos que corrían por la arena, las gaviotas que pasaban volando, las nubes que cruzaban el cielo y los peces del mar hasta que creyera poder reproducir sus impresiones en el papel con lápices de colores. Quedó consternado, pues era pobre, pero siguió mi consejo. Aún hoy seguimos siendo amigos; se llama Phillip Moysey. Vive desde hace treinta años en un carromato de gitanos que compró por muy poco dinero y pintó con alegres colores; más tarde se compró también un caballo y empezó a pintar magníficos paisajes naturales que no le interesan a ningún marchante de arte moderno. La moda está en contra de la naturaleza; seguramente lo descubrirán cuando yo ya esté muerto. Educación de arte

    * no soy ningún reformador, pero tampoco estoy dispuesto a aceptar pasivamente que un incontrolable proceso mecanizado de producción me convierta en una criatura prefabricada. No sigo las modas e ignoré las que siguieron los artistas de mi tiempo, como la del cubismo analítico, que obligaba a todo el mundo a pintar guitarras descompuestas a la manera de Cézanne. Todo pasó. Lo único que hace es recordarme el desagradable martilleo de aquel movimiento fue el modernismo. En su momento, aquello fue un intento de huida del mundo comparable al de los hippies, equipados con aparatos de radio de nuestros días, que ensucian las ruinas de la Acrópolis con restos de drogas.

    * la resolución del grupo de la Madre con el Hijo muerto en su regazo adquiere los caracteres de un sombrío vaticinio plasmado en imágenes, la noticia de la desintegración de la dimensión espiritual humana que ha formado parte de nuestra naturaleza desde la Antigüedad. Para quines contemplan con los ojos de la razón, el cuadro no contendrá advertencia alguna: esas personas viven en la realidad de los hechos mesurables, contables y registrables, de lo que se puede fotografiar.





    Texto de compañía:diego tatian-Pensar más allá de la guerra

    Diego Tatián: Pensar más allá de la guerra  

    Carta de Diego Tatián

    Pensar más allá de la guerra

    Sr. Director:

    En una línea casi inadvertida de su carta publicada por La intemperie del último diciembre, sobre el final, dice Oscar del Barco: “este no es un razonamiento”. ¿Qué significa que no es un razonamiento? ¿Qué es, si no un razonamiento? Esta pregunta me parece central para saber ante qué estamos. Si de repente nos encontramos frente al mingitorio invertido y firmado en su base con el que en 1917 Marcel Duchamp dejó una de las marcas decisivas de la historia del arte, sería desacertado querer orinar en él, pues lo que ese objeto está diciendo es, precisamente, “esto no es un urinario”. Tengo la impresión de que la carta de Oscar del Barco es como un urinario invertido en el que, por desconcierto, sólo se ve un lugar donde orinar.

    “Este no es un razonamiento”. A lo mejor, por eso mismo, se sustrae a las dinámicas más corrientes de la vida intelectual como el debate, la discusión y la crítica –que sin embargo, como es obvio por el último número de LI, ha tenido la virtud de promover. Según creo se trata de un texto que se presta más bien a un diálogo –como Luis Rodeiro, también yo entiendo que es la manera mejor, si no única, de aproximarse a ciertas cosas que sólo dejan decirse por el balbuceo y la media voz. Porque el pensamiento no admite ser reducido a la argumentación, ni a la comunicación, ni siquiera a la inteligencia, por eso mismo no siempre el debate es su mejor formato. En el sentido que confirma nuestra condición de hombres, el pensamiento no está exclusivamente reservado a los locuaces, ni a los inteligentes, ni a los expertos, ni a los intelectuales; pensar puede cualquiera. Propongo que prendamos un fuego para continuar la conversación en torno a él, como si se tratara de una escena arquetípica en la que un conjunto de seres humanos a la intemperie buscan desentrañar el sentido de las cosas y procuran construir una lucidez que ayude a enfrentar lo que consterna.

    Desde hace treinta años, una minoría decisiva de argentinos no ha dejado de repetir: “aparición con vida”.

    Hace tres años y medio, una mayoría de argentinos se pronunció en la expresión: “que se vayan todos”.

    El año pasado, el mismo en el que el Estado argentino reconoció por primera vez haber sido terrorista –y esta coincidencia, o más bien esta oportunidad, no es insignificante-, Oscar del Barco arroja en una revista de izquierda, como si fuera una piedra en un estanque demasiado tranquilo, la frase “no matarás”.

    No se trata de forzar aproximaciones ni, por eso mismo, de salvar distancias. Pero se impone una primera evidencia: “aparición con vida”, “que se vayan todos”, “no matarás”, no son razonamientos. Pero no por ello “reducen” (como erróneamente dice Hernán Tejerina en su carta) sino más bien expresan lo imposible, lo inexpresable y lo inaccesible para el léxico científico-social, la fraseología periodística o los debates. Por eso mismo se trata de sintagmas que no resisten la literalidad; quien los somete a ella simplemente no los pone a foco. En su imposibilidad, en su puro estado contrafáctico, en su simplicidad, “aparición con vida” y “no matarás” a mi modo de ver dicen lo mismo; no sólo no son enunciaciones reductivas sino que logran presentar lo impresentable, designar la decantación de un dolor común que de ninguna manera puede decirse si no así. Más aún, “no matarás” denota exactamente el significado último de todo lo que, en su fragilidad, desde hace ya varios decenios es protegido por los organismos de los derechos humanos en la Argentina y en el mundo.

    Resulta curioso que el problema más importante planteado por la carta de Oscar del Barco, haya sido casi pasado por alto en los textos que le contestaron -me refiero al problema de la “responsabilidad”: abandonar la coartada de la Historia, asumir la primera persona y hablar en primera persona. La discusión se concentró casi exclusivamente en el mandamiento de no matar y su pertinencia o no. El núcleo –insisto: más allá de toda literalidad- al que apunta la expresión “no matarás”, tal vez no es aprehensible empíricamente ni políticamente, ni, en efecto, se verifica en lo real –aunque sin embargo quizás ilumina los hechos, la política y la realidad en la que interviene. ¿Es por ello una posición “fundamentalista”, “mística” o “histérica”, como se repite con insistencia en algunas de las respuestas que obtuvo? ¿Ayuda en algo, en orden a la comprensión, esa adjudicación de términos? A mi modo de ver el interrogante correcto frente a esa carta es: ¿piensa o cierra? ¿Produce pensamiento –lo que no quiere decir acuerdo- o sólo tiene voluntad de efecto y expresa un interés privado? ¿Anula el deseo de igualdad y de libertad o es capaz de componerse positivamente con él? ¿Bloquea la comprensión o la enriquece agregándole una dimensión imprescindible de aquí en más?

    Entiendo que no se trata –ni es el sentido de la carta de Oscar- de condenar anacrónicamente a quienes en los años setenta se vieron envueltos en la lógica de la violencia o creyeron que la vía armada era la mejor, sino de contribuir para que el relato actual que seamos capaces de forjar sobre todo ello no sucumba a la mentira, la deshonestidad, la autocomplacencia, el (auto) engaño o la simple ingenuidad. No creo que el Che haya sido un “asesino serial” –sí me parece que en tanto manera de entender la política y la acción política el guevarismo ha tenido efectos desastrosos, aún no adecuadamente revisados por la izquierda. Por muchas razones no comparto la “teoría de los dos demonios” –aunque tampoco la que presenta las cosas como si hubiera habido demonios de una parte y ángeles de la otra.

    Habrá un momento, tal vez, en el que el urgente y necesario reclamo de justicia (o más bien de castigo, pues ¿qué podría significar hacer justicia?) ceda terreno a la posibilidad de pensar por fuera de esa urgencia. Probablemente lo único que puede producir ese momento liberador es, precisamente, el castigo. Y entonces, a lo mejor, seremos capaces de plantear interrogantes nuevos. ¿Es posible sustraerse a la guerra de las interpretaciones –que es potencialmente infinita, por más que como en cualquier guerra haya vencedores y vencidos? ¿Hay manera de salir de la guerra? De la respuesta a esta pregunta –que no es epistemológica, ni tampoco solamente teórica- depende la posibilidad de producir una comprensión más extensa y más intensa de las implicancias que reviste actuar con otros y contra otros –eso que llamamos política. Tal vez ese tránsito ha comenzado, muy lentamente, a tener lugar. Si no me equivoco, la carta de Oscar del Barco –con idependencia de si acordamos o no con ella- se orienta en esa dirección.
    Otras cuestiones, tal vez indecidibles en lo profundo, son convocadas aquí ¿Es posible la transmisión en política? ¿Es posible la experiencia y una acumulación de la experiencia? ¿Afecta la voluntad de quienes repiten el anhelo de cambiar el mundo la palabra decantada y desencantada de los que la han malogrado –o la historia ha malogrado- y sólo disponen de su lucidez? Las respuestas no son obvias. Lo que se halla en juego es el problema del legado y su posibilidad. Ese legado, si es posible, deberá estar a la altura del deseo, la experiencia y la derrota de lo que tal vez haya sido la mayor y más extraordinaria voluntad de justicia vivida por la historia.

    Quizás la expresión “no matarás” sea el legado paradójico de ese tesoro perdido.

    Diego Tatián

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    Publicado originalmente en

    Revista mensual La Intemperie

    Texto de compañía:cristian ferrerGASTRONOMIA Y ANARQUISMO

    GASTRONOMIA Y ANARQUISMO

     

    Restos de viajes a la Patagonia

     

    Christian Ferrer

     

     

     

    Las expediciones

     

                Cuatro son los puntos cardinales y cuatro los hombres significativos que ingresaron a la Patagonia a fines del siglo pasado. Por el Norte, el General Julio Argentino Roca al mando de un ejército; por el Sur, el anarquista Errico Malatesta junto a otros cuatro compañeros de ideas; por el Este, doscientos emigrantes galeses que arribaron en un buque llamado Mimosa, una suerte de "Mayflower" para la región del Chubut, en busca de una nueva vida; y por el Oeste, a través de tierras araucanas, el francés Orllie Antoine de Tounens, hidalgo provinciano arruinado que pretende un cetro y una corona. La Patagonia fue invadida por un militar, que sería próximo Presidente de la Argentina; por un rey de opereta; por un anarquista fugitivo del gobierno italiano; y por colonos cuyo líder, Lewis Jones, creía en un vago ideario socialista de índole fabiana. Cada uno de ellos tenía en mente un modelo de organización colectiva: la Comunidad corresponde a los colonos; el Imperio al autoasumido Rey de Araucanía y Patagonia; el Estado-Nación al General Roca, y al fin la Revolución Mundial a los anarquistas. Cada una de estas expediciones patagónicas dejó tras de sí restos históricos, emblemáticos, espirituales, e incluso gastronómicos, que, a excepción de la crónica de la incursión estatal-militar, fueron disolviéndose en el olvido, y resultan ser, para los argentinos de hoy en día, vaporosos; a los sumo, anécdotas. Esos vestigios históricos están enterrados a ras de tierra: sobreviven débilmente en las leyendas populares de la región o en los rumores excéntricos que de vez en cuando alguien rememora. Es lo justo: el Estado se ocupa de promover las gestas unificadoras del territorio y de incrustarlas en los programas curriculares difundidas en escuelas y universidades. Los demás sólo pueden aspirar a la piedad histórica que se transmite de boca en boca, esas cuencas carnales que amparan la historia social de un pueblo. En ocasiones, una sola persona en el mundo recuerda lo ocurrido.

    A mitad del siglo XIX la Patagonia era sinónimo de territorio desconocido, viento furioso, espacio gigante, semidespoblado y nunca mensurado, de tierras de indios Tehuelches y Mapuches. Aún circulaban leyendas improbables sobre la existencia de El Dorado, la ciudad forrada en oro que buscaron afanosamente los conquistadores españoles, esta vez en uno de los últimos territorios aún inexplorados de Sudamérica. Lejos de su larguísima línea costera, en donde de vez en vez se habían detenido exploradores, balleneros o abastecedores de los escasos puertos allí establecidos, el interior patagónico era tierra de nadie, es decir, de indígenas; era "La Tierra", tal como la llamaban los Mapuches, sus pobladores primigenios. Sólo algunos pioneros y los eternos traperos que comerciaban con los indios conocían los senderos interiores. El auténtico gobernante de la Patagonia en el siglo XIX era el viento, cuyas borrascas fogosas alcanzaban, en su momento de esplendor, los ciento veinte kilómetros por hora. Al terminar el día, el silencio transparente y la noche austral, espejos simétricos, se fundían suavemente. Patagonia era una palabra escrita en un mapa vacío, al cual los gobernantes argentinos recientemente liberados de su larga guerra civil vigilaban ansiosa y codiciosamente desde Buenos Aires, preocupados por las posibles reclamaciones chilenas o europeas.

     

     

    Colonos y soldados

     

                Algunos galeses huían de la intolerancia religiosa; de los ingleses, todos. En 1865 los colonos desembarcaron en el Golfo Nuevo y se internaron por el valle del río Chubut. Lucharon contra los elementos y fundaron pueblos a lo largo de la ribera: Madryn, Rawson, Gayman, Trevelyn. Por años, sus vecinos habituales no serían los argentinos sino los indios Tehuelches, quienes, pedigüeños por naturaleza, les reclamaban constantemente comida y todo tipo de objetos. El intercambio se hacía en lenguajes intraducibles en Buenos Aires: en galés y en tehuelche. A poco de llegar murió el primero de los colonos y fue enterrado en un cementerio consagrado, atrás de la capilla protestante. Fue entonces cuando la ciudad de los inmigrantes culminó la primera rotación sobre sí misma. Ese cementerio, ya colmado, fue clausurado en la década de 1930. Aún así, el último de los emigrantes originarios sería enterrado en ese primer camposanto, reabierto exclusivamente para este último de los primeros. Lentamente, los galeses se acriollaron y al tiempo el valle del río Chubut comenzó a ser compartido con otras corrientes migratorias, incluyendo argentinos.

    Años después, en 1878, el gobierno argentino comenzaría la ocupación final de la Patagonia mediante un movimiento militar de pinzas al cual se llamó oficialmente "la conquista del desierto", es decir, la subordinación de sus dueños originales al Estado argentino. Para acabar con el "problema del indio" se envío un ejército al mando del Ministro de Guerra, Julio A. Roca, cuya misión suponía traspasar la línea de frontera con los indios establecida décadas antes a través de una serie de fortines, y derrotar en forma drástica a las tribus Ranqueles, Pehuenches, Pampas, Mapuches y Huiliches. Eran 6000 soldados organizados en 5 divisiones de ejército contra 2000 combatientes indígenas dispersos. Eran fusiles y telégrafos contra lanzas y boleadoras. Cuando el 25 de mayo de 1879 el impulso beligerante de ese ejército ya había dejado tierra arrasada detrás de sí y había terminado con el poder del último "capitanejo" indígena, el General Roca da por finalizada la expedición al llegar a los márgenes del Río Negro. Habían muerto 1300 indios, se habían hecho 10500 prisioneros, y 55 millones de hectáreas habían sido incorporados al mapa del estado argentino. Poco después, en esos territorios se funda una ciudad que hasta el día de hoy mantiene su origen toponímico militar: Fuerte General Roca. El destino posterior del Comandante sería la política, de la cual se transformó en el "gran arbitro" durante las décadas siguientes. Militar, político, siempre sería un Hombre de Estado. Aún así, la ocupación definitiva de la Patagonia llevaría diez años más de escaramuzas con los indígenas localizados más al sur.

     

     

    El Rey

     

    Dos décadas antes, por el este, desde Chile, un hombre solitario que sueña con imperios cruza la Cordillera de Los Andes. Tiene treinta y cinco años. Había sido procurador en Périgueux y ávido lector de libros de geografía y de viajes de exploradores. El esfuerzo rutinario sin provecho alguno se decantó a favor de un viaje a Sudamérica para tentar suerte y conquistar tierras. En 1858 desembarca en el puerto de Coquimbo, Chile. Durante los siguientes dos años, y aún antes de pisar los territorios donde los Araucanos vivían ajenos a los designios estatales del gobierno chileno, ya se había pertrechado de una bandera, un escudo y una constitución para su futuro reinado. En 1860, junto a dos comerciantes franceses que solían traficar baratijas y vicios con los indios, y a los que había prometido elevar al rango de ministros, se interna en la Araucanía. Lentamente, a lomo de mula, arribó a la tierra que se había prometido a sí mismo. El 17 de noviembre de 1860, apenas conseguido un tímido y ambiguo apoyo de los caciques indígenas, Orllie Antoine emite un decreto proclamándose a sí mismo Rey de Araucanía. Acto seguido, envía una comunicación postal dirigida al Presidente de Chile, Manuel Montt, anunciándole la buena nueva; noticia que el gobierno chileno decidió ignorar por completo. Un rey sin ejército no supone un problema, por más que el primer número romano haya sustituido al apellido Tounens. Tres días después, con otro decreto, anexa a la Patagonia argentina entera a su reino, al cual bautiza con el nombre de "Nouvelle France". La primera aventura araucana de Orllie Antoine finaliza abruptamente en enero de 1862, cuando, traicionado por dos de sus guías y lenguaraces chilenos, es atrapado por un destacamento militar. Para entonces, el gobierno del nuevo presidente José Joaquín Pérez estaba medianamente alarmado ante la posibilidad de una sedición indígena soliviantada y liderada por un maniático francés. Dos años de arengas a los indios y de patético reinado se desgranan lentamente en una prisión chilena, donde permanece por nueve meses. Es juzgado, y condenado a ser recluido en la Casa de Orates de Santiago de Chile, humillación de la que es salvado por la oportuna intervención del Cónsul de Francia en Valparaíso, que logra repatriarlo a París. Había sido destronado. En el "destierro" francés, que dura de 1862 a 1869, se volverá objeto de mofa o de curiosidad. Pero el hombre es incansable. Publica un periódico propio, lanza un manifiesto, fatiga al senado francés con una petición tras otra. En 1869, desembarca nuevamente en San Antonio, costa argentina de la Patagonia, y atravesando las pampas desemboca entre las tribus araucanas de Chile. Uno de sus acompañantes se llamaba Eleuterio Mendoza, que bien merecería ser el nombre de un anarquista. Perseguido por el ejército chileno, vuelve a cruzar la cordillera en sentido inverso y llega al puerto de Bahía Blanca, casi donde había iniciado la reconquista de sus territorios. Era julio de 1871. Embarca a Buenos Aires, donde es entrevistado por varios periódicos. La Tribuna, que sería el órgano político del "roquismo", se sorprende irónicamente de que el gobierno argentino "no le haya hecho la recepción debida a su alto rango". En abril de 1874 intenta por tercera vez llegar hasta sus súbditos. Desde Buenos Aires y en el barco "Pampita" viaja a Bahía Blanca, donde es reconocido, detenido y expelido rápidamente a Francia. De allí en más vivirá en una corte de mentira, rodeado de ministros sin poder y de aventureros varios que inauguraban las sesiones de la corte cantando el himno del Imperio a voz en cuello. Otorgaba títulos de nobleza y vendía monedas acuñadas de un reino inexistente, de valor únicamente numismático, pues ni siquiera en su falsa corte eran aceptadas como medio de pago. Curioso: mientras compartió las rutas de los Mapuches solo el antiguo método del trueque le permitió sobrevivir. Al fin, acosado por sus acreedores, se refugió en la región de Dordoña, donde se ganó el pan de cada día con el oficio de lamparero público en el Municipio de Tourtoirac. Y así hasta el 19 de septiembre de 1878, cuando el Rey de la Araucanía y la Patagonia fue llamado a visitar un reino superior.

     

     

    El anarquista

     

    Errico Malatesta había nacido un 14 de diciembre de 1853 en Santa María Capua Vetere, una ciudad presidiaria. Sus padres eran modestos terratenientes, de ideas liberales. Cuando Malatesta tenía catorce años escribió una carta, insolente y amenazadora, dirigida al Rey Vittorio Emmanuele II. La policía se tomó la correspondencia muy en serio: fue arrestado y apenas logró salvar la ropa. El pronóstico del padre no fue alentador: "Pobre hijo, me sabe mal decírtelo, pero a este paso acabarás en la horca". Luego de enterarse de la insurrección de París, en 1871, adhiere a las ideas de la Internacional, y con diecisiete años viaja a Suiza a fin de conocer a Mijail Bakunin. De allí en adelante, se transformó en uno de los revolucionarios más famosos de su tiempo. Editó el periódico La Questione Sociale, primero en Florencia, entre 1883 y 1884, luego en Buenos Aires, 1885-1886, y al fin en New Jersey, 1899-1900. Organizó grupos de compañeros, sindicatos y publicaciones, lideró revueltas, escribió algunos libros breves, sobre todo procuró unir a la "familia anarquista" y salvarla de sus tendencias centrífugas. Con el tiempo editaría también los periódicos L'Associazíone, L'Agitazíone, Volontà, Umanità Nova y Pensiero e Volontà. Pasó treinta y cinco años de su vida en el exilio, difundiendo "la idea" por España, Francia, Suiza, Inglaterra, Portugal, Egipto, Rumania, Austría-Hungría, Bélgica, Holanda, Estados Unidos, Cuba y Argentina. En 1874 fue encerrado en la cárcel por primera vez por liderar una insurrección en Apulia. Tres años después, al mando de una banda de anarquistas, Malatesta ocupa la aldea de Letino, donde, en presencia de los campesinos, destituye al Rey Vittorio Emmanuele y ordena quemar los registros fiscales de la región. La bandada anarquista se dirigió luego al pueblo de Gallo, donde rompieron la medida con la que se ponderaba el impuesto en harina. Nuevamente es llevado a juicio y condenado a tres años de prisión, de los que cumple solamente uno. Más adelante pasaría muchas temporadas en la mazmorra. Cuando ya se había hecho un nombre en los ambientes anarquistas, logra sortear una orden de detención impartida en Florencia introduciéndose en un barco, oculto en una caja que también contenía una máquina de coser. Llegaría a la Argentina munido del pasaporte plebeyo de polizón, junto a otros cuatro camaradas. Era el año 1885. En Buenos Aires se conecta con anarquistas italianos nucleados alrededor del Círculo Comunista Anárquico, y casi inmediatamente reinicia la publicación de La Questione Sociale, que se repartía gratuitamente y de la cual se editaron catorce números. En esta ciudad trabajó primeramente como mecánico electricista en el taller de su compañero Francesco Natta, y luego en la elaboración de vinos. Permanecería en Argentina hasta 1889. Durante toda su vida, cuya mitad transcurrió en cárceles, exilios y arrestos domiciliarios, Malatesta se destacó por su sentido práctico y su capacidad organizativa y publicística. Nunca fue un soñador: siempre creyó que la voluntad humana era más importante que la "inevitabilidad histórica" de la revolución y que ninguna acuñación utópica podía sustituir al análisis preciso de las coyunturas históricas. Y sin embargo, también él se internó en la Patagonia.

     

     

    Geografía espiritual

     

                Brújulas, teodolitos y astrolabios son imprescindibles para cartógrafos y exploradores; también para propietarios de tierras y gobernantes. No obstante, la tierra también ha sido una cuenca hollada por caravanas nómades, expediciones perdidas, errancias, diásporas, odiseas y éxodos. El espacio físico no es un dato material constante; por el contrario, es la arcilla hendida y modificada continuamente por las leyes humanas del espaciamiento, en cuya jurisdicción rigen el esfuerzo y la imaginación tanto como la suerte y la reticencia de la naturaleza. En la conjunción de estas cuatro condiciones se abren paso las expediciones de hombres solos o de tropas organizadas. Así como algunos adivinan el destino sobre un portulano u oteando la rosa de los vientos otros avistan el derrotero en manifiestos o en los rumores que son soltados en las ciudades. Entre los hombres y las regiones han de existir secretas correspondencias a las que el cartógrafo haría bien en atender: paralelos insospechados, y meridianos caprichosos. ¿Dónde ubicar la sección áurea, el "número de oro" de los pintores renacentistas, que ayude a organizar las proporciones de un atlas espiritual? El aire de familia entre humanos y territorios pertenece al orden de los elementos cuya correspondencia puede elevarse a rango de principio cosmogónico. A esa correspondencia "cartográfica" podemos llamarla geografía espiritual, una ciencia que, sin renegar de la historia o la economía, hace evidente los pasos perdidos, los senderos olvidados, las rutas desusadas, y sobre todo, nos permite hacer intersectar los atlas imaginarios (literarios, utópicos, legendarios) y los dramas biográficos. La imaginación se superpone e imprime sobre la materia: sirva de ejemplo la toponimia patagónica, que expone la desbordante creatividad lingüística de exploradores y pioneros: el humor y el delirio se unen al santoral y la simbología estatal. Inútil consultar los mapas de la geografía espiritual por energías cósmicas u horizontes turísticos novedosos, pues en ellos sólo resalta la materia emocional que un historiador atento debería rescatar de los escombros, documentos y relatos orales. El buen cartógrafo debe aprender a desconfiar de las mediciones precisas, pues a cada espacio físico corresponde un atlas simbólico. La geografía paralela es la psiquis de la cartografía y también la "anímica" de las naciones.

                Ciertas extensiones del planeta están filiadas entre sí, por guardar recodos, entradas y paisajes que ningún hombre ha visto aún. Sin embargo, no son los primeros hombres los enemigos de las tierras vírgenes, sino el Estado. El explorador siempre ha sido un Adelantado del Verbo: nombra los ríos, clasifica la flora y bautiza los confines; pero el agrimensor, notario estatal, mide, calcula y diagrama el terreno. No obstante, los exploradores, los misántropos y los réprobos llegan antes. La Patagonia, incluso hasta nuestros días, carece de historia; solo dispone de historias, a las que el sistema pedagógico nacional soslaya prolijamente y que solo pueden ser rescatadas de los rumores que el viento se llevó. La de Malatesta es una de tantas. Las dimensiones de la cartografía poblada de historias deben proyectarse a escala humana, tomando en consideración el modo en que la geografía actuó sobre el destino de los que allí incursionaron, no en tanto condición topográfica o económica, sino como "activante" de tareas o como "resolutor" de fuerzas anímicas en tensión. El drama personal y el medio ambiente donde es puesto en obra conforman las dos piernas del compás que traza los arcos espirituales de esta geografía paralela. Hombres como Malatesta, Orllie Antoine o los colonos galeses querían confirmar que en las grandes extensiones hay libertad. No una libertad metafísica. Aquí hay que inventariar a beneficio de inventario la geometría defectuosa: falta catastro, frontera, hitos, plaza fuerte, señalización. Pero a la libertad geográfica perfecta, que es polar, la naturaleza no le es propicia. Promover el lirismo de la libertad expedicionaria o la nostalgía de los pioneros y otros hombres de frontera resulta inconducente, pues si estos ejemplos sirven de algo, es para pensar al impulso centrípeto de los últimos cien años, es decir la creciente mengua de la capacidad humana para anhelar e imaginar libertades. Opuestamente, la preferencia por lugares legendarios de índole acéfala pule nuestra mirada de manera de poder avistar la grieta en la armadura, la babera en el yelmo, la mueca grotesca en la cabeza coronada.

    A cada nación les son propios territorios legendarios a cuyos meridianos y paralelos sería inútil determinarlos en forma positivista. Brasil dispone de su Amazonas; Africa del Norte, de su Sahara; Rusia, de Siberia; la India, del Himalaya; Canadá, del Yukon. Argentina tiene su Patagonia. Y a cada una de estas regiones de leyenda corresponden "tipos caracterológicos": el exiliado a la Siberia; el tuareg al desierto; el alpinista al Himalaya; el garimpeiro al Amazonas; el buscador de oro al Yukon y el pionero a la Patagonia. La ciudad no otorga este tipo de visados a las vocaciones de sus habitantes; apenas los tickets imprescindibles para lubricar la circulación urbana. Aún más: la globalización mediática, financiera y tecnológica ha logrado que todas las grandes ciudades del mundo se repliquen mutuamente.

     

     

    Oro y anarquía

     

                El alambrado de púa y los decretos de creación de gobernaciones son las consecuencias forzosas del poblamiento pionero, previo y desordenado, de un territorio. Luego, mucho más tarde, se explotan las riquezas "naturales" de la región. Pero este tipo de soledades, antes de ingresar en los relevamientos estadísticos y en los atlas fiscales de un país, solo ofrecían una riqueza, a la que desde antiguo acuden enjambres de desfavorecidos por la rueda de la fortuna. Aún más que el hambre o que la búsqueda de "oportunidades", más todavía que el éxodo obligado por la guerra civil o por la persecución religiosa, han sido los metales los que desde antiguo han regido sobre las migraciones humanas. Una historia del nomadismo expondría un mapa de los desplazamientos de herreros y metalúrgicos desde la Edad de Hierro en adelante. En el norte del Canadá como en el sur de la Argentina el oro hibernó durante siglos, pero quien busca la Ciudad de los Cesares tarde o temprano encuentra sus ruinas detríticas. De todas maneras, la historia de las grandes ciudades que han crecido al amparo de una sola explotación es la misma historia de las efímeras fiebres del oro. Esas ciudades se erigen, declinan, caen en el abandono y son olvidadas. Samarkanda, Petra, Timbuctú, Potosí, Nantuckett, Iquique, Manaos. Pueblos-campamento, pueblos del camino, pueblos factoría, pueblos fantasma.

    En 1882 unos colonos galeses habían descubierto oro en un lugar cercano al río Chubut, en el Valle del Tecka. La noticia llega meses después a Buenos Aires. En Chubut solo se había encontrado, en verdad, una sustancia llamada pirita, metal rutilante aunque sin valor alguno, el así llamado "oro de los tontos". No hubo tiempo para organizar una estampida de aventureros hacia la Patagonia, pero mucha gente paró los oídos. Cuatro años después, en 1886, se anuncia que en el Cabo Vírgenes (actual provincia de Santa Cruz, entonces Territorio Nacional de la Patagonia), mucho más al sur, había oro en cantidad aceptable. Malatesta, anarquista prófugo, se entusiasma con la noticia y junto a tres compinches[1] construye soviets en el aire. Oro: en pos de ese palíndromo viajó Errico Malatesta al extremo sur de la Patagonia. ¿Qué hacían cuatro anarquistas escarbando la Patagonia en busca de oro? Malatesta había liderado un par de revueltas fracasadas en Italia que, previa destrucción de nóminas fiscales y símbolos municipales, lo forzaron a huir al destierro. En Buenos Aires, al comienzo, había intentado estimular la acción gremial con pobres resultados. Era aún un hombre joven que hablaba deficientemente el castellano y que estaba varado en éste puerto lejano; y siendo desaconsejable todavía el retorno a Europa, habrá considerado que no perdía intentando encontrar su peculiar El Dorado y con el honesto fin de financiar una imponente revolución mundial con lingotes patagónicos. La imaginación de los revolucionarios suele impulsarlos hacia espléndidas auroras tanto como al disparate y la catástrofe. Las aventuras auríferas del siglo XIX cobijaron a numerosos utopistas y carbonarios: a la fiebre del oro de California acudieron no pocos fugitivos de la frustrada revolución francesa de 1848. Pero la fiebre del oro de los anarquistas italianos duraría lo que un santiamén: la expedición terminó en un callejón sin salida. Los distritos auríferos estaban mayormente bajo el control de una compañía explotadora, por la noche la temperatura bajaba a 14° bajo cero, había poca esperanza de hallar otra zona de buen rendimiento y llegó el momento en que los revolucionarios se hartaron de sobrevivir dando caza a las nutrias de mar. Siete meses después de su llegada, en medio del invierno, los anarquistas deciden abandonar la zona, luego de aventuras nada promisorias: casi mueren de hambre y debieron ser rescatados por un barco en calidad de náufragos y desembarcados en el pueblo de Carmen de Patagones, ya en la provincia de Buenos Aires. Una vez en la ciudad de Buenos Aires, Malatesta se dedica a actividades propagandísticas, y otro de los fallidos prospectores mineros, Galileo Palla, a falsificar dinero. Esos meses pasados en el sur constituyeron un excéntrico episodio en la vida del por lo demás bastante sensato revolucionario. Cuando Malatesta, medio muerto de hambre, vuelve a Buenos Aires, da conferencias en italiano en la Librería Internationale de E. Piette, en el Círculo Obrero de Estudios Sociales, y en el salón de actos del Club Vorwärts, En 1887 ayuda a organizar el primer sindicato argentino moderno: la Sociedad de Resistencia de los Obreros Panaderos[2], a la cual le redacta sus estatutos. En 1888 participaría en la primera huelga de panaderos del país, que duró diez días, y acabó en triunfo. Un año después, parte a Europa, donde más adelante lideraría el movimiento anarquista italiano, luego de sufrir incontables días de cárcel en muchos países. Cuando murió, en 1932, hacia años que sufría arresto domiciliario impuesto por Mussolini.

     

     

    La fiebre

     

    A veces, la geografía gasta bromas pesadas a los estadistas: el oro del Yukon se halla a escasos kilómetros de Alaska, territorio norteamericano. Pero siempre hay compensación para los poderosos: décadas después se descubrió oro negro en Alaska. Y antes aún, los rusos se habían alzado con la carne de la ballena y con las pieles de los grandes roedores y cérvidos. En cambio, al populacho, a los juntapuchos, a los parias y al proletariado solo les resta recurrir a la apuesta y a la ilusión. No pocas veces ello acaba en desvarío: el oro y la fiebre son siameses inescindibles. La quimera del oro, película del comunista Charles Chaplin sobre el rush del oro del Yukon, y el libro del anarquista B. Traven (Rett Marut) El Tesoro de la Sierra Madre, del cual John Houston dirigió su versión, son dos indagaciones desoladoras sobre las consecuencias que trae aparejada esa droga en polvo. Muchos de lo que peregrinaron al Yukon murieron de hambre durante la travesía hacia el norte helado, y los que allí se quedaron debieron retornar al antiguo oficio de la caza y el comercio de pieles. En la Patagonia el oro apenas alcanzaba para sobrevivir y extraerlo costaba un trabajo extenuante. Pero incluso el oro encontrado en las zonas auríferas es "oro de tontos", pues en la historia centenaria de las fiebres del oro muy pocos se hicieron verdaderamente ricos. La mayoría solo encontraba las pepitas suficientes para subsistir ociosos por unos días, para luego volver a trajinar las aguas del río. En el único lugar de la Patagonia donde se encontró oro a raudales fue en la isla de Tierra del Fuego. De allí, en la década de los '80, el extravagante rumano Julius Popper extraerá una buena cantidad, dispondrá de un pequeño ejército propio, emitirá moneda y estampilla hasta que su muerte prematura le evitaría las escaramuzas de rigor con el gobierno argentino. En Santa Cruz el único filón seguro crece en el ganado ovino. Pero el vellocino no es de oro.

                Y sin embargo, y a fin de cuentas, en los hornos de pan la masa de harina se vuelve dorada.

     

     

    En la letra de molde

     

                Cada una de las expediciones tuvo su cronista. Al general Roca le corresponde toda la historia oficial, y en particular los partes de guerra de la campaña militar enviados a Buenos Aires. Su partido político editará un periódico, La Tribuna. Al día de hoy, el nombre de Roca se repite en todas las bocacalles de una de las más importante diagonales de la Ciudad de Buenos Aires y su rostro ilustra el billete de 100 pesos, la más alta denominación monetaria argentina. No debería sorprender: la toponimia del territorio tanto como la estatuaria urbana y la efigie gráfica obligatoria son privilegios de los estados. Pero la monetaria, al menos, constituirá sin dudas una gloria efímera: en Argentina la inflación suele devorar el valor de la moneda con mucha celeridad.

    Malatesta dejó un breve testimonio[3] y más tarde su biógrafo, Luigi Fabbri, contará la aventura aurífera en un capítulo de su biografía del revolucionario italiano[4]. El Rey Orllie Antoine I se vio obligado a ser su propio notario de actas, engrandeciendo los hechos de su fiasco imperial en francés y en un libro titulado Orllie Antoine I, roi d'Araucanie et de Patagonie. Son avènement au trône. Relation ècrite par lui même[5]. Cincuenta años más tarde, el estanciero Armando Braun Menéndez sería el primero en ocuparse de recuperar y ajustar la historia esperpéntica del Rey, y alguien filmaría una película[6]. En el tiempo transcurrido entre en su primer retorno obligado a Francia y su segundo viaje a Patagonia Orllie Antoine publicó intermitentemente un periódico en Marsella destinado a defender su causa, La Corona de Acero, que resultaba ser una especie de boletín oficial de un reino inexistente. Lewis Jones, en galés, escribió la historia de los colonos, Una Nueva Gales en América del Sud, traducida al castellano recién en la década de 1960. Pero antes, fundaría el periódico I Dravod ("La Verdad"), editado en lengua galesa en el Chubut, crónica diaria de la experiencia de los colonos.

    Cuando las biografías, los periódicos facciosos y los testimonios ya han sido olvidados, todavía subsisten estas leyendas en otros estilos y formatos. Se sabe que en las mesas de los bares circula un anecdotario curioso sobre personajes y eventos apenas conocidos. Todo eso acaba en un "sociales del rumor" aunque, a veces, se transforma también en papilla literaria, materia prima de escritores. Roberto Arlt debió haber escuchado la historia del fracaso de la expedición de Malatesta en algún bar porteño. Son conocidas sus simpatías por el acratismo. Malatesta, que en su madurez sería conocido como el "Lenin de Italia", nunca se enteró que su anécdota biográfica sería integrada a la novela Los Siete Locos, transmutada bajo la forma de un personaje que se propone financiar la revolución mundial con una cadena de prostíbulos.

     

     

    Tragedia

     

    En 1921 la Patagonia sería el escenario de uno de los dramas más conocidos de la epopeya anarquista. Ese episodio trágico le garantizó a la región su ingreso en el atlas histórico de la revolución. En aquellas huelgas y revueltas sucedidas en el Territorio de Santa Cruz morirían más de mil trabajadores. Pero la Patagonia atrae la imaginación libertaria incluso hasta el día de hoy. Osvaldo Bayer, cronista de aquellas gestas anarquistas de 1920 y 1921[7], reclamó en 1996 la independencia de Patagonia[8], propuesta que le ganó la animadversión del Senado Nacional, donde fue amenazado con ser declarado persona non grata. Pero bien pensado, es inevitable que encontremos anarquistas en todos los arrestos febriles de la historia. En la Fiebre del Oro los había. La tierra prometida es siempre Terra Nova, pero los adelantados que allí llegan pronto descubren que su paso ha ido demasiado rápido y los ha llevado demasiado lejos y que ya es tarde como para volver sobre sus pasos. Irónicamente, los anarquistas, cuando todavía eran peligrosos, solían acabar en el presidio de Usuahia, institución que malafamó a Tierra del Fuego con el mote siniestro de "La Siberia Argentina", la Isla del Diablo fría[9].

     

     

    Secuelas

     

                El 2 de abril de 1982 el ejército argentino inició abruptamente la conquista de la única porción de suelo patagónico que cien años antes había quedado fuera de sus posibilidades. Apenas comenzada la Guerra de Malvinas la colectividad galesa del Chubut tomó inmediato partido por la causa argentina. No fueron las tres generaciones nacidas en Patagonia las únicas causas que motivaron esa preferencia política y subjetiva. Los galeses aún recordaban la antigua opresión de Gales a manos de los ingleses, que incluso llegaron a prohibir el uso público de los nombres propios escritos en galés, condición que sólo se recuperaría al pisar tierra argentina. A su vez, los escasos grupos anarquistas locales se constituyeron en uno de los poquísimos grupos del arco de la izquierda local en manifestarse en contra de la guerra. Por ese tiempo, en el mismo momento en que la armada inglesa navegaba hacia el Atlántico sur, un pequeño buque se deslizó por el Canal de la Mancha en dirección a las Islas del Canal, bajo soberanía inglesa. Por la madrugada, el heredero actual del Reino de Araucanía y Patagonia, junto a un breve séquito, plantó la bandera del Reino en la playa de la Isla Guernsy. El rey en el exilio francés había decidido protestar contra el intento inglés de invadir sus "Illes Malouinas", a las cuales consideraba un apéndice insular de su enorme aunque prohibido imperio.

                Mucho antes, y mientras Malatesta buscaba oro en la Patagonia, el Presidente Julio Argentino Roca se dirigió caminando, junto a todos sus ministros y seguidos por la escolta militar, hacia el Congreso de la Nación. Poco antes de entregar el mando a su concuñado Miguel Juárez Celman, se encaminaba a inaugurar el XXVI período de sesiones del Parlamento Argentino. Allí dirigiría el cíclico y tradicional mensaje al país. Era el 10 de mayo de 1886. Por entonces el Congreso funcionaba en una mansión que había pertenecido a la familia Balcarce y que luego sería la sede del Banco Hipotecario Nacional. Eran la tres de la tarde. En ese momento un anarquista llamado, paradójicamente, Ignacio Monjes, salió de la multitud y se abalanzó sobre Roca, asestándole un golpe en la cara con una piedra. Mientras Roca cae al piso, Carlos Pellegrini, su ministro de guerra y futuro presidente, derriba al atacante. La herida era leve, y ya en el Congreso el ministro de salud, Eduardo Wilde, le practicó las primeras curaciones y le vendó la herida. A pesar del desaliño ceremonial, Roca dirigió su mensaje al país. La escena fue inmortalizada en un cuadro que hasta el día de hoy puede contemplarse en el Salón de los Pasos Perdidos del Congreso. Ignacio Monjes pasaría diez años de su vida en la cárcel. Sesenta años después, Laureano Riera Díaz, último dirigente anarquista del Sindicato de Panaderos, una vez perdida la conducción del gremio, viajó con varios compañeros de ideas hacia Barcelona. Era el año 1936 y en Cataluña no sólo los panaderos eran anarquistas; la ciudad entera estaba ornamentada de banderas rojinegras.

     

     

    Gastronomía

     

                Quienes se internan en territorio desconocido han de sobrellevar aún una prueba más, y una de las más básicas: la prueba del hambre. Demasiadas veces comer y sobrevivir se vuelven verbos homónimos. La comida, salvo en el caso del ejército organizado de Roca, no la tenían garantizada ni los pioneros, ni el rey sin corona, ni los anarquistas. De cada una de las cuatro expediciones a la Patagonia cabe destacar su deriva gastronómica, que al fin y al cabo sería la única duradera. De antiguos imperios y de lenguajes que alguna vez se hablaron en enormes extensiones hoy sólo restan sus ruinas y sus ininteligibles escrituras. Sin embargo, sus costumbres culinarias sobrevivieron a las posteriores reorganizaciones geopolíticas y en la población que mientras tanto pudo haber cambiado sus dioses, sus tecnologías y su alfabeto. La relación entre una cultura gastronómica y el territorio donde ella se despliega viene determinada por la cuota de animales y vegetales que en el momento de la creación les fuera otorgada en suerte. También por la benignidad del clima y la voluntad de aprendizaje y metamorfosis de un pueblo. Pero quienes están en marcha también lo están a merced de sus provisiones, de la bondad de los extraños, y de la suerte.

                Indudablemente, los colonos galeses vivieron de lo que en Chubut sembraron y cosecharon, y sin duda también, Orllie Antoine y los anarquistas debieron verse obligados, en algún momento de su travesía, a recurrir a la caza y la pesca, y han de haber saciado el hambre con un bife de guanaco o con una porción de "picana" de avestruz[10]. Sin embargo, todos ellos innovaron en materia de gastronomía. Artemio Gramajo, edecán de campaña del General Roca en su incursión a la Patagonia, le inventó a su jefe el único plato aceptado actualmente en los más finos restaurantes parisinos como auténticamente argentino: el "Revuelto Gramajo", bautizado a partir de su apellido. Mientras los soldados se veían obligados a masticar su ración diaria de charqui, la carne seca con que se nutría a la soldadesca, Roca se relamía, dentro de lo que las circunstancias permitían, ante un plato superior. El revuelto gramajo, mezcla de papas fritas, huevo, cebolla, ajo, jamón, arvejas y especias es, hasta el día de hoy, un plato gustosamente aceptado por los niños y adolescentes argentinos. La colonia galesa del Chubut transmite aún a la siguiente generación la receta de la Torta Galesa. Originalmente vinculada a la fiesta de casamiento, la torta galesa, de consistencia dura y orlada interiormente de frutas secas, es una de los típicas ofrendas turísticas de la región. Cuando una pareja galesa se unía en matrimonio probaban apenas un trozo pequeño de la torta y guardaban el resto en una lata cerrada herméticamente, que era nuevamente abierta en los siguientes aniversarios a modo de prueba confirmatoria de la fortaleza y duración del vínculo amoroso. Es una dieta posible para enamorados, pero decididamente insuficiente para un rey.

    Gustave Laviarde D'Alsena era el nombre de uno de los lugartenientes de Orllie Antoine I, y primo suyo en segundo grado. Había sido designado como sucesor, y a la muerte del fundador de la dinastía asumió el cetro adoptando el nombre de Aquiles I. Ya antes se arrogaba otros títulos nobiliarios que le había conferido el Rey de la Patagonia, el de Príncipe de los Aucas y Duque de Kialeú. A pesar de que otorgaba, y a granel, títulos nobiliarios de su imposible reino de ultramar, Aquiles I jamás salió de París. En su destierro parisino, alejado de las riquezas explotables de su reino, y mientras denunciaba continuamente la usurpación de sus territorios a manos de los gobiernos de Chile y Argentina, el nuevo monarca se vio obligado a terminar sus días como comensal a sueldo de Le Chat Noir, cabaret de moda en la década de 1890, donde oficiaba a modo de oso carolina, es decir, de número "sensacional" para los clientes. Cuando murió, en 1902, ya llevaba un cuarto de siglo reinando sobre un mapa que sólo una secta consultaba, y en cuyo centro estaba marcada "Mapú", la aldea indígena que había sido elegida como ciudad capital por su predecesor.

    En 1889 Errico Malatesta abandona la Argentina, dejando atrás el combativo sindicato que él había ayudado a organizar, el de Panaderos. Además de pan, en los locales de panadería argentinos despachan también la repostería matinal que más habitualmente desayunan los porteños, las "facturas", de gusto dulce y horneadas a partir de una mezcla de harina, levadura y manteca. Algunas de ellas son de origen europeo, pero en Argentina adquirieron formas singulares y apodos sugerentemente blasfemos. Quizás la más conocida de ellas, la "media luna", permita entender el sentido sarcástico de esos nombres. Cuando en 1529 Viena fue sitiada por largos meses por los ejércitos turcos, los reposteros locales, a fin de animar el alicaído ánimo de la población, tomaron el emblema de los sitiadores, la media luna musulmana que flameaba en las banderolas del campamento enemigo, y las moldearon en sus hornos de pan. Luego, el populacho se asomaba a las murallas de la ciudad y se mostraba ante los irritados soldados turcos masticando su símbolo sagrado. Blasfemia y gastronomía. A su vez, estas muestras de repostería argentina llevan por nombre "cañones", "bombas", "vigilantes", "bolas de fraile", "suspiros de monja" y "sacramentos", para escarnio del ejército, la policía y la iglesia respectivamente[11]. ¿Habrá existido una secreta conspiración de los oficiales panaderos de ideas anarquistas para dar nombres blasfemos a las facturas? Cabe conjeturarlo: el vínculo entre palabra y comida parece haber sido suturado con hilo de coser ideológico. El sindicato de panaderos fue conducido por dirigentes anarquistas durante varias décadas.

     Los usos gastronómicos que dejaron las cuatro expediciones fueron resultado de la nostalgia (la Tarta Galesa), del fracaso (la viandada semanal en Le Chat Noir), de la urgencia (el Revuelto Gramajo) y de la voluntad de protesta (las Facturas). Ahora ha pasado el tiempo y los habitantes de Buenos Aires de la actualidad ya no reconocen en los nombres de la repostería que suelen degustar por las mañanas su retintín inquietante, pues rara vez pensamos el vínculo entre nombre y forma, entre palabra y cosa, menos aún la relación entre origen político-lingüístico y costumbre gastronómica. Las palabras suelen osificarse en el uso cotidiano, y lo que en un tiempo fue escándalo, hoy es rutina. Por su parte, el anarquismo argentino ha quedado angostado a un mínimo caudal político y su audibilidad política es muy escasa. Y sin embargo, cada vez que mordemos una factura, el crujido de lo que en otros tiempos fuera sarcasmo sedicioso popular rechina entre los dientes.

    Texto de compañía: roberto walsh por Rodolfo Walsh

    Rodolfo Walsh
    Rodolfo Walsh por Rodolfo Walsh


    Me llaman Rodolfo Walsh. Cuando chico, ese nombre no terminaba de convencerme: pensaba que no me serviría, por ejemplo, para ser presidente de la República. Mucho después descubrí que podía pronunciarse como dos yambos aliterados (1), y eso me gustó.
    Nací en Choele-Choel, que quiere decir "corazón de palo". Me ha sido reprochado por varias mujeres.
    Mi vocación se despertó tempranamente: a los ocho años decidí ser aviador. Por una de esas confusiones, el que la cumplió fue mi hermano. Supongo que a partir de ahí me quedé sin vocación y tuve muchos oficios. El más espectacular: limpiador de ventanas; el más humillante: lavacopas; el más burgués: comerciante de antig"uedades; el más secreto: criptógrafo en Cuba.
    Mi padre era mayordomo de estancia, un transculturado al que los peones mestizos de Río Negro llamaban Huelche. Tuvo tercer grado, pero sabía bolear avestruces y dejar el molde en la cancha de bochas. Su coraje físico sigue pareciéndome casi mitológico. Hablaba con los caballos. Uno lo mató, en 1947, y otro nos dejó como única herencia. Este se llamaba "Mar Negro", y marcaba dieciséis segundos en los trescientos: mucho caballo para ese campo. Pero esta ya era zona de la desgracia, provincia de Buenos Aires.
    Tengo una hermana monja y dos hijas laicas.
    Mi madre vivió en medio de cosas que no amaba: el campo, la pobreza. En su implacable resistencia resultó más valerosa, y durable, que mi padre. El mayor disgusto que le causo es no haber terminado mi profesorado en letras.
    Mis primeros esfuerzos literarios fueron satíricos, cuartetas alusivas a maestros y celadores de sexto grado. Cuando a los diecisiete años dejé el Nacional y entré en una oficina, la inspiración seguía viva, pero había perfeccionado el método: ahora armaba sigilosos acrósticos.
    La idea más perturbadora de mi adolescencia fue ese chiste idiota de Rilke: Si usted piensa que puede vivir sin escribir, no debe escribir. Mi noviazgo con una muchacha que escribía incomparablemente mejor que yo me redujo a silencio durante cinco años. Mi primer libro fueron tres novelas cortas en el género policial, del que hoy abomino. Lo hice en un mes, sin pensar en la literatura, aunque sí en la diversión y el dinero. Me callé durante cuatro años más, porque no me consideraba a la altura de nadie. Operación masacre cambió mi vida. Haciéndola, comprendí que, además de mis perplejidades íntimas, existía un amenazante mundo exterior. Me fui a Cuba, asistí al nacimiento de un orden nuevo, contradictorio, a veces épico, a veces fastidioso. Volví, completé un nuevo silencio de seis años. En 1964 decidí que de todos mis oficios terrestres, el violento oficio de escritor era el que más me convenía. Pero no veo en eso una determinación mística. En realidad, he sido traído y llevado por los tiempos; podría haber sido cualquier cosa, aun ahora hay momentos en que me siento disponible para cualquier aventura, para empezar de nuevo, como tantas veces.
    En la hipótesis de seguir escribiendo, lo que más necesito es una cuota generosa de tiempo. Soy lento, he tardado quince años en pasar del mero nacionalismo a la izquierda; lustros en aprender a armar un cuento, a sentir la respiración de un texto; sé que me falta mucho para poder decir instantáneamente lo que quiero, en su forma óptima; pienso que la literatura es, entre otras cosas, un avance laborioso a través de la propia estupidez.


    (1) Unidad métrica compuesta por
    una sílaba breve (sin acento) y una larga (acentuada).
    Así, habría que leer Rodólf Fowólsh.
     
     

    CLAROSCURO DEL SUBIBAJA
    El habla diaria está llena de trampas y agujeros. A un hombre riguroso le resulta cada año más difícil
    decir cualquier cosa sin abrigar la sospecha de que miente o se equivoca. Para designar a los componentes
    de un mundo esencialmente ambiguo, ¿no habría que usar un idioma tan ambiguo como el mundo, palabras que aplicadas a cualquier realidad afirmaran de ella cosas opuestas? Estas palabras asumirían, por ejemplo, las
    formas lindofeo, malobueno, odioamor, dichas así, de un golpe, sin respirar y aguantando las consecuencias.
    Un somero examen de los idiomas mas antiguos, y aun de vestigios que quedan en los modernos, parece
    sugerir que al principio se hablaba así. La expresión china yüanchin, que significa lejoscerca, fue, durante
    mucho tiempo, la única manera de establecer el  paradero de cualquier cosa, si se exceptúa la
    posibilidad, nada desdeñable, de afirmar que estaba en el Tung-His, como se nombraba conjuntamente al Este y
    al Oeste. La identidad de los opuestos resplandecía en  aquellos tiempos inocentes. Cualquiera conocia el
    inagotable sentido de la palabra Ch'angtuan,que significaba largocorto; del precioso adjetivo Kuei-chien, que quería decir carobarato, y de ese verbo o sustantivo, delicado como un jade, Wang-chi, que  declaraba el recuerdo del olvido y el olvido del recuerdo.
    Más tarde, intervinieron los letrados. Observaron que esa manera de hablar y de pensar, aunque acorde
    con la intima esencia de las cosas, conducía al estancamiento y quizá a la aniquilación de la vida, que para conseguir sus fines necesita de afirmaciones y negaciones cerradas, o sea, la mitad de cualquier verdad. ¿Cómo se iba a luchar, contra un enemigo que era malobueno y que, bien mirado, también era un amigo? ¿ Cómo separar lo propio de lo ajeno?, ¿Cómo discutir el precio?, ¿cómo medir un privilegio? Así que, armados de grandes tijeras, empezaron a cortar en dos todas las viejas palabras y a llenar el mundo de mentiras útiles. Yüan, pasó a significar lejos, chin, quiso decir cerca, y Yüan-chin(oh, astucia inimitable de los letrados) se convirtió en "distancia" . Me resisto a enumerar la sangrienta faena de quita-y-pon, de toma-y-daca, de tira-y-afloja que consumaron en otras. En todas las épocas y pueblos sucedió algo parecido. Un terrible sino(perdón, destino) se abatió sobre la memoria de la ambigüedad original y eterna, sobre las palabras dobles inexorablemente aniquiladas o convertidas en algo diferente e inofensivo. Ahí están, en cualquier idioma, sus patéticos restos. Bitter-sweet, va-et-vient, chiaroscura, ganapierde.
    Algunas, sin embargo, resistieron tenazmente; no pudieron escindirlas ni convertirlas en nombres "abstractos", estaban demasiado vivas en el corazón de los hombres. Surgió entonces el supremo refinamiento, la creación de juegos impostores o de objetos inútiles  que distrajeron para siempre la atención. Fue el aniquilamiento por el desprestigio: Un inquisidor decapitó la intuición primordial de que cualquier cantidad es simultáneamente mucho, poco y nada, convirtiéndola en un pueril pasatiempo alrededor de una margarita. Otro inventó la cantimplora, para que nadie recordase que lo que canta llora. Un
    gramático fabricó el subibaja, disimulando para siempre el hecho, antes obvio, de que todo lo que
    sube, eternamente baja, y que sube-y-baja es lo único que puede decirse de algo que se mueve.
    Revelado y ocultado a Ta-Hsigo, que en Occidente se llamó micromegas, en los altibajos, un  si  es no es tragicómicos, de una duermevela.
    Rodolfo Walsh, Ese hombre y otros papeles personales.


    maria ibañez lago- gabriela gutierrez. luz y sombra

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    luz y sombra

    aisenberg, 2008

     

      

    Maria Ibáñez Lago.A vuelo de pájaro

    Una vivencia diurna. Un fragmento dictado a una conciencia imbuida de un ser celestial. Algo luminoso, misterioso, incluso temible. La luz, verdad y espiritualidad pura. Lo lleno de luz. Temor y esperanza. Mundo aéreo. No hay principio ni fin. El artista decodifica y la escena que precede, enuncia el porvenir de un recorrido lineal. Oír y leer. El Espectador serenamente conducido por las alturas, sobrevuela un libro abierto. Planea hacia la imagen midiendo distancias sin tener en cuenta los accidentes terrestres. Retorna una y otra vez a situaciones de fe. El punto de vista  es omnisciente. Una voz épica infinita relata escenas de una cultura que pelea por sobrevivir. Sagas de los pueblos en tiempos anteriores a la existencia del  automóvil. Hay desplazamientos que producen secuencias temporales vistas en simultaneo. Hay una flor blanca y una flor negra. Las flores son la sustancia por la cual hay pelea. La materia prima, el elixir, a su vez, el agua.

     

     

    webcueva

     

    Gabriela Gutierrez. Encanto Sucurí.WEBtriptifinal

    Una vivencia nocturna. Un fragmento soñado, visitado. Algo oscuro, misterioso, incluso temible. La oscuridad, verdad y espiritualidad pura. Lo lleno de oscuridad. Temor y esperanza. La muestra  lleva el nombre del río que lleva el nombre de  la Anaconda que habita en sus aguas y se traga a los carpinchos enteros, la temida Sucurí. El Espectador serenamente conducido, se zambulle en las profundidades submarinas, en la humedad de los esteros. Retorna una y otra vez a situaciones de fe.Los animales descansan, La luz entra a través del agua. Noche. Microclima de tiempo lento y espacios húmedos, oscuros, con calendario, escudo y simetría. Naturalismo a la manera del manual de biología. Arquitectura y diseño en los formatos y soportes. Las cavernas, o las profundidades de la selva, flora y fauna local. Monos, el leopardo, y el yaguareté. Un instante quieto, el agua cae y los animales duermen, escoltándola

     

     

    webpereza

     

     

    webriftias

     

    webcalendario

     

     

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    webnochedeesteros

     

     

    web.sapo

    Texto de compañía:gertrud stein

    Stanza XXXVIII

    Lo cual quiero decir es esto
    No hay principio de un fin
    Pero hay un principio y un fin
    De principio.
    Pues sí por supuesto.
    Cualquiera puede advertir que norte por supuesto
    Es no sólo norte pero norte como norte
    Por qué se preocupaban.
    Lo que quiero decir es esto.
    Sí por supuesto.


    Gertrude Stein

    Texto de compañía:ALLEN GINSBERG

    Un supermercado en California

    Qué pensamientos tengo de ti esta noche, Walt Whitman, luego de sumergirme en callecitas laterales
    ----------bajo los árboles, con aquel dolor de cabeza y conciencia de mí mismo y mirando la luna llena.
    ¡En mi hambrienta fatiga, queriendo comprar imágenes, entré al supermercado de frutas de neón,
    ----------soñando con tus enumeraciones!
    ¡Qué duraznos y qué penumbras! ¡Familias enteras de compras en mitad de la noche! ¡Pasillos
    ----------repletos de maridos! ¡Esposas entre las paltas, bebés en los tomates! -y tú, García Lorca,
    ----------¿qué hacías allí abajo al pie de las sandías?

    Te vi, Walt Whitman, sin hijos, viejo glotón solitario, hurgar entre las carnes del refrigerador y
    ----------lanzar esas miradas a los muchachitos de los comestibles.
    Te oí hacer preguntas de cada cosa: ¿Quién asesinó a las chuletas de cerdo? ¿A qué precio las
    ----------bananas? ¿Eres tú mi Angel?
    Vagué acercándome y alejándome a las brillantes pilas de latas, siguiéndote y seguido en mi
    ----------imaginación por el detective del mercado.
    Recorrimos a zancadas los abiertos corredores, juntos en nuestro capricho solitario, probando los
    ----------alcauciles, poseyendo cada exquisitez congelada, y no pasando jamás por caja.

    ¿Adónde nos dirigimos, Walt Whitman? Las puertas cierran en una hora. ¿En qué dirección apunta
    ----------tu barba esta noche?
    (Toco tu libro y sueño con nuestra odisea en el supermercado -y me siento absurdo.)
    ¿Caminaremos toda la noche a través de calles solitarias? Los árboles suman sombra a la sombra,
    ----------luces apagadas en las casas, ambos estaremos solos.
    ¿Pasaremos soñando con nuestra perdida América de amor delante de azules automóviles en sus
    ----------vías de acceso, de regreso a nuestra cabaña silenciosa?
    Ah, padre querido, barba gris, solitario maestro del antiguo coraje, ¿qué América conociste cuando
    ----------Caronte dejó de empujar su barca y tú te fuiste a la humeante ribera y

    Texto de compañía:Jorge Svartzman

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    EN LA RUTA DE LA SEDA

     

    I. Un encuentro con Borges

     

    Jiayuguan; extremo occidental de la Gran Muralla. Aquí terminaba la tierra conocida. Más allá: arenas movedizas, gente sin Li, un vocablo que significa rito, razón y calendario. El universo se repartía en dos exactas porciones: la de los hombres con Li y la de los hombre sin Li, poco menos que animales. El Shanhai jing, o “Canon de las Montañas y los Mares”, uno de los más antiguos tratados de geografía, estableció hace cosa de veinticinco siglos un bestiario preciso de los seres que poblaban por entonces esos confines.

     

    La tortuga con cabeza de pez o el pez con patas de ave, las aves bicéfalas, el centauro alado, la serpiente con nueve cabezas humanas o con una cabeza y dos cuerpos, los ciervos tetracornes, el unicornio, el pájaro con una sola pata o, más complejo, el pajarillo que sólo se puede reproducir con una rata, eran algunas de las especies con las que el hombre podía topar apenas se internaba en lo desconocido.

     

    Las razas “humanas” no eran menos variadas que las especies: estaba el país de los Cíclopes y el de los Hombres con Plumas, el de los Tragafuegos y el de Los que Caminan con las Piernas Cruzadas; el país de los Hombres Reptiles y el de los Trifaces; también estaban los Hombres con un Solo Lado, o aquellos cuyo diseño culminaba por encima de los hombros y llevaban los siete agujeros del rostro perforados en el torso: se llamaban los Forma de Cielo.

     

    La Gran Muralla fue siempre una gran protección contra tanto monstruo suelto. Y fue exactamente a cinco kilómetros de ese punto crucial, que separa las costas del Universo del magma donde ya no existen nombres apropiados para las cosas, que un muchacho de unos 25 años se me acercó para trabar conversación y, al enterarse de que yo era argentino, me pidió que la hablase de Borges.

     

    La pregunté qué sabía del escritor, y me respondió ceguera y espejo. Repasamos la constante presencia de China en su obra. Juntos evocamos una mariposa y un bastón de laca, y la indagación acerca de un emperador que mandó quemar los libros y construir la Muralla. Al mencionar un jardín, aprendí a decir laberinto: migong, “palacio secreto”.

     

    No recuerdo exactamente qué dije al principio, pero sí lo que me hubiera querido comunicar al final. Las palabras se amontonaban en castellano en mis labios, y me veía obligado a transponerlas a mi exiguo chino, supliendo las lagunas con irrisorios énfasis latinos de mis gestos.

     

    “Para un argentino, comencé diciendo, la literatura universal es una invención de Borges. El también inventó la ciudad e inventó muchos nombres, como el de los compadritos, o el de Perón y Eva Duarte. Los inventó como Shakespeare inventó un reino de Dinamarca: sacándolos de su borrachera histórica. Supongo que cuando Borges muera, encontrará a su doble, como en uno de sus cuentos, y que ese doble será Perón. Entre ambos se desdobla toda la soledad del argentino.

     

    “Imagino que el general recibirá al escritor con cortesía criolla Borges no es hombre prejuicioso: sabrá aceptar el saludo y ambos se sentarán a recordar el pasado. Se contarán alguna anécdota, se descubrirán simpatías o antipatías comunes. Alguien cebará un mate.

     

    “El general dirá:

     

    “- ¿Sabe Borges? Jamás podré entender por qué no quiso escribir algo sobre los meses que precedieron la muerte de mi segunda mujer. Fueron cosa arrancada de un sueño. El día en que la proclaman para vicepresidenta, ya flotaban en la República rumores sobre su inminente muerte. Pero nadie se atrevía a mentarla en voz alta, y a medida que se le caían los cabellos y su rostro se demacraba, su ardor aumentaba. La gente estaba  empecinada en negar lo que saltaba a los ojos: que era una mujer que se estaba cayendo en pedazos. Durante todo ese tiempo tenía la impresión de estar viviendo una de sus historias.

     

    “- A mi me pasaba lo mismo -dirá Borges,  citándose tal vez por primera vez- pero al revés. En la nota de algún libro me identifiqué con un doble traidor escandinavo, un hombre desgarrado por sucesivas y contradictorias lealtades. Acaso la más grave de esas exigencias sea la que obliga a un hombre a identificarse con un soñador o con un sueño. Escribir esa obra que estaba transcuriendo hubiera sido una confesión de ser un sueño suyo, general.

     

    “Luego se silenciarán las voces y cada cual se sumirá en sus recuerdos. Perón se verá avanzando a través de incomprensibles migong, reflejado hasta el infinito por espejos y dedicándose a urdir la biografía de Perón en el año 30, en el año 600, en 1800, en el futuro.

     

    “Borges retomará los uniformes militares de sus abuelos, se vestirá con sus sombras y se verá en un balcón ovacionado y querido por millones de seres desbordantes de esperanza, con una mujer ardorosa y bella y vulgar y demacrada que llora en sus brazos, y estará colmado de felicidad”.

     

     

    Tras un corto silencio, mi amigo chino comentó:

     

    -         A los argentinos les gusta mucho la libertad ¿verdad?

    -         Claro, cómo no – repuse, sin saber a dónde quería ir.

    -         ¿Y no están obligados a escribir sobre temas sociales?

    -         ¿Cuáles son los límites entre la ficción y la realidad?

    -         Los escritores chinos los conocemos.

    -         ¿Y tú te adaptas a ellos?

     

    Mi amigo no respondió. Escupió con violencia, masculló algo incomprensible y ya no volvimos a hablar. A lo lejos se percibían tres atalayas vigilando el desierto.

     

     

    --------------------

     

    Jorge Svartzman (svar@yahoo.com)

     

     

     

     

    Texto de compañía:james henry

     
    Querida Diana

    Esta es la poesia de un poeta irlandes, James Henry, no Henry James, que vivio durante el siglo XIX. No se puede decir que fue olvidado ya que nunca fue reconocido. Hace poco una pequenia editorial de Dublin publico una seleccion de sus poesias. Aqui va una para desearte felices fiestas.

    Te mando un beso y espero que estes bien, Ral




    Lo vi yo mismo, en Dresde, un dia ventoso
    Un hombre y una mujer caminando de la mano
    - lo que les cuento es un hecho sencillo, no es la historia de un poeta,
    y dejo las interpretaciones para quienes las deseen -
    El llevaba colgando del brazo su sobretodo
    y ella una canasta cargada de cosas
    cuando de repente un golpe de viento
    y el hombre que en ese preciso momento
    intentaba ponerse el abrigo
    se le escapa de la boca, ¡ah! miseria espantosa,
    su cigarro
    pero la mujer prontamente deja su canasta
    con su brazo derecho ayuda al compañero
    a ponerse el sobretodo
    mientras con el izquierdo levanta el cigarro
    y se lo lleva a la boca
    para mantenerlo encendido
    -con gesto gracioso
    y los ojos apenas cerrados por el humo-
    hasta que el hombre esta listo
    con su sobretodo abotonado
    y ella le devuelve el cigarro
    y el toma su canasta
    y alla van otra vez
    el con su cigarro y ella con su hombre
    satisfechos
    felices
     
     
     
     
    MIS VELAS DE ESTEARINA

    Al final se fue a dormir
    ese flamigero y destellante
    rechoncho, cara roja, monopolizador Sol
    y me atrevo a sacar de su escondite
    el par de velas de estearina
    para ubicarlas, firmes y erguidas, sobre la mesa
    para iluminar y alegrar mi noche de estudio.

    Vos tenes todo mi elogio, Prometeo, por tu robo,
    y si fuera propenso a la idolatria
    serias entonces mi Dios por sobre Buda,
    Brama, o Tor, u Odin, o Yaveh mismo.

    A la de la rama de olivo la veneraria tambien
    proxima en honores, y ante su templo
    en gratitud mantendria por siempre encendida
    la lampara del aceite ateniense
    con Platon, Demostenes, Pitagoras y Solon
    A ninguno de ellos podria leerlos por la noche
    si no fuera por la tercera y ultima persona
    de mi Trinidad:
    El creador de las velas de estearina

    El, que me ha permitido sentarme
    en las largas noches del invierno
    y estudiar bajo una luz que
    no parpadea ni ofende el olfato
    se mantiene constante sin pavesas ni desaires
    mas bien firme, limpia y brillante
    un sebo mas humano, la cera menos costosa
    me da todo lo que quiero y nada pide a cambio


    James Henry

    pizarnik

    dice que no sabe del miedo de la muerte del amor

    dice que tiene miedo de la muerte del amor

    dice que el amor es muerte es miedo

    dice que la muerte es miedo es amor

    dice que no sabe

     

     

     

    Como explicar con palabras de este mundo

    que partió de mi un barco llevándome

     

    ***************

     

    Salta con la camisa en llamas

    de estrella a estrella,

    de sombra en sombra.

    Muere de muerte lejana

    la que ama al viento

    *******************

    ella se desnuda en el paraíso

    de su memoria

    ella  desconoce el feroz destino

    de sus visiones

    ella tiene miedo de no saber nombrar

    lo que no existe*************************

    Texto de compañía:pessoa

    POEMAS

    Todas las cartas de amor son...

    Todas las cartas de amor son
    ridículas.
    No serían cartas de amor si no fuesen
    ridículas.

    También escribí en mi momento cartas de amor,
    como las demás,
    ridículas.

    Las cartas de amor, si hay amor,
    tienen que ser
    ridículas.

    Pero, al fin y al cabo,
    sólo las criaturas que nunca escribieron
    cartas de amor
    son las
    ridículas.

    Quién me diera el tiempo en que escribía
    sin darme cuenta
    cartas de amor
    ridículas.

    La verdad es que hoy
    mis memorias
    de esas cartas de amor
    son las
    ridículas.

    (Todas las palabras esdrújulas,
    como los sentimientos esdrújulos,
    son naturalmente
    ridículas.)

    Texto de compañía:jorge dipaola- Cuentos japoneses

    Cuentos japoneses  

     

    Desde los nueve años, y hasta los trece, frecuenté a Nagata, Arima y Kakimoto, dueños en Tandil del Hotel Imperial. En ese comedor, donde almorcé durante años, generalmente solo porque mis padres trabajaban cuando yo volvía del colegio, traté viajantes de comercio, prestidigitadores, paisanos de visita al pueblo, parejas de recién casados, actores de El León de Francia y comerciantes en viaje de negocios.

    Después del postre, en el gran patio trasero del hotel, donde se erguían dos grandes palmeras, volé mis primeros aeromodelos y suscité el entusiasmo infantil del cajero, Arima. Él, que tenía un castellano casi ininteligible y vivía a la vuelta, en una vieja casa con cancel y con los ladrillos sin revocar, cultivaba flores en el largo fondo de manzana, en un terreno con durazneros y perales.

    En el patio delantero, en un pequeño lago artificial rematado por una montaña de juguete con árboles de juguete, criaba peces de colores que nadaban en ondulantes ríos también de juguete.

    Arima me inició en el arte del bonsai y en el cultivo de peces dorados. Me enseñó a detectar la maleza al germinar, a arrancarla con los dedos y a cuidar a los peces de cola como un manto. Arima, que hoy envejece en Tokio, fue el modelo de Kensaburo Ohiro, el narrador, o el personaje, de estos tres cuentos japoneses escritos un domingo de setiembre de l982.

     

    La obsesión de Yukío 

     

    Fui a visitar a Yukío, que pinta sus telas en una casa en la montaña nevada.

    Voy cada vez que necesito paz.

    Había un gran fuego de leños en la estufa.

    Frente a la estufa había un cuadro que parecía inmenso.

    -- ¿Qué te parece?—  preguntó Yukio.

    -- Me parece inmenso— le dije.

    Él se rió sin parar, cada vez con más fuerza.

    Yo pensé que había venido a buscar paz porque Yukio siempre me había proporcionado algo de su calma. Era fuerte como un nudo de nogal y cristalino y suave como la resina.

    Pero ahora lo veía riendo como a una doncella entre doncellas.

    Me sentí obligado a darle una explicación de mis palabras.

    --Me parece inmenso porque la estufa pintada en el cuadro – le dije — tiene el mismo tamaño que la estufa que calienta la casa.

    Yukio dejó de reír. Con voz honda y fatigada me dijo:

    -- Has comprendido. Un cuadro no puede ser un espejo de lo que representa. Conservar la escala mata al arte. El arte también es una cuestión de escala.

        -- De escala y de estilización.

        -- Lo importante es la escala, Kensaburo. Hay algo terrible en remedar al creador de los seres. Se lo puede exaltar magnificando el detalle, o achicando el conjunto. Esto Él lo ve como si fuera una oración o una ceremonia del culto.                                                      

         --¿Por qué, entonces, has pintado una tela de tamaño natural?                                                     

         -- Por el fuego. Cada vez que pinto llamas siento mi fracaso. He podido captar el instante en que un pájaro se posa sobre la rama. Tengo ojos para verlo en vuelo, para ver la agitación de las alas. Pero no puedo evocar una llama verdadera.                                                    

         De nada me valió que tratara de convencerlo de la belleza de sus fuegos. Recuerdo “ Incendio en un bosque”, esa tela pequeña que adorna una pared de la casa del magnate Jaguiwara. También recuerdo a ese niño que enciende un fósforo en la oscuridad sin estrellas. Yukio había captado todo lo que puede ver un ojo humano en esa luz mínima.

         Todo eso le recordé, pero él rechazaba mis opiniones empecinado, y musitaba repetidos no, no, de sonido cavernoso.

    Entonces consideré mejor quedarme en silencio y a su lado, escuchando su negación persistente. Se puso a mirar la boca de la estufa y en un instante se calló.

    Bruscamente volvió a ser fuerte y joven y se erizó como un gato furioso.

    Tomó el pincel, lo mojó en el pigmento naranja y agregó un trazo a la tela inmensa, que parecía espejar el fuego que titilaba en la boca de la estufa.

    Así fue que la tela crepitó. El calor aumentó en el taller y yo me alejé.

    La casa, detrás de mí, ardía como un bosque.

     

    El almohadón y la máscara

        

         Katsue, mi compañero en la escuela de Kioto, tenía un alto sentido del honor. Tan sólo a los siete años de edad se ofendió conmigo porque me había mofado de su poca destreza con el pincel.

         Me dijo que él jamás admitiría ser deshonrado. Le pedí perdón y le hice una reverencia.

         Entonces, poco después fuimos juntos a jugar al bosque. Encontramos una rana arborícola y él la mató, con crueldad. No le dije nada porque tuve miedo de que él nuevamente se sintiera deshonrado y se alejara de mí. Pero me quedé pensando en esa bella rana esbelta, con ventosas en las patas, y en el color de su piel que se mimetizaba con el follaje.

         Entonces comprendí que yo era un poeta y él un guerrero.

    Pensé que cuando Katsue fuera un hombre, y yo también, me tocaría en suerte cantar sus hazañas.

         Comencé a estudiar los signos y a los poetas que me precedieron. Él comenzó a estudiar artes marciales y las leyes de la guerra. A los diez años era un buen ajedrecista y le+ia sobre las batallas orientales y occidentales. Leía sobre las armas de fuego, sobre el alcance de la artillería, pero también sobre las espadas, los barcos y los aviones.

         Yo vagaba por los bosques, solo tratando de aprender de la naturaleza. Juntaba escarabajos y grillos, y como veía sus cuerpos con armaduras me acordaba de mi amigo.

         Una de esas tardes, camino a la escuela me encontré con Katsue que iba hacia el bosque para mi sorpresa, y con un gran bulto en la mano.

    --Katsue- le dije -¿vuelves al bosque?

         --Necesito la soledad—me dijo—pero tú Kensaburo puedes acompañarme y ver.

         Tenía tan sólo trece años y ya sus sentido del honor había crecido y era tan sólido como el acero templado.

         Llegamos a un claro, apoyó el bulto en la tierra húmeda y lo desató. Había un almohadón, una espada y una máscara.Se ató el almohadón al vientre entre dos cuerdas, se puso la máscara y practicó el suicidio ritual con todas sus reglas pero como si él fuera un muñeco.

         Volvíamos en silencio por el camino. Yo le pregunté con sumo respeto por qué practicaba el harakiri con un almohadón relleno de aserrín y por qué me dejaba ver esa simulación.

         --Yo sé que cantarás mis hazañas—dijo. Y tienes que saber cómo llegué a la imposibilidad de la deshonra.

         De este modo presencié más de cien prácticas de jhonor en el claro del bosque.

         Katsue había logrado gran destreza.

         Pero un día vino con un bulto más pequeño. Sacó la espada y la máscara y un globo de caucho que infó con tres soplidos.

         --¡No lo hagas!-le grité-

         No sé si mi grito lo habrá deshonrado, pero fue horrible y resonó en la tarde oscura.

     

    Añoranza de la vida antigua

       

        Tomó la página blanca y el pincel. Mojó las suaves cerdas de castor y dibujó los signos que decían que añoraba la vida antigua, las pequeñas ciudades de piedra y los altos bosques de pinos que crecían en las laderas.

         Kensaburo se detuvo. Miró su poema y luego mordió una semilla de sésamo. Pensó que esa descripción no era suficiente para evocar su nostalgia.

         Entonces escribió sobre un poeta que en esa ciudad de piedra miraba los altos bosques en las laderas y añoraba una vida más antigua aún. A ese poeta del pasado le atribuyó su nombre y sus rasgos. Escribió lentamente Kensaburo, con la grafía más antigua.

         Este segundo poeta que vivía en la pequeña ciudad de piedra, tomó un cuero curtido y alisado, mojó un áspero pincel de pelo de cola de ardilla en el pigmento rojizo y escribió que añoraba la vida en los árboles y la desnudez, y los saltos que parecían un vuelo, que añoraba su hacha de piedra, y el silbido del dragón de cuello largo en el momento de atacar.

         En ese momento escuché el ruido de un cuerpo inmenso y duro que caía despedazando todo. Me asomé al gabinete de Kensaburo y lo vi morir, arañado por las garras de la fiera y mordido por sus fauces, que abrieron su cuerpo como a un huevo que cae del nido.

         Tomé distancia y preparé mi defensa: saqué un arma y disparé contra el dragón, pero las balas no lo atravesaban. Entonces vi en el suelo la hoja de papel blanco que inició esta historia, escrita con la caligrafía de Kensaburo, y la levanté con  un movimiento veloz, y pude prenderle fuego mientras me alejaba todo lo posible de la fiera.

         El dragón, que ya saltaba sobre mí, se desvaneció en el aire, como el humo en el humo.

     

     

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    El pirata blanco

     

    No todos los piratas fueron meros asesinos. Llegué a querer a unos de ellos; quiero decir, amé su historia, que alguien me contó en la Tierra de Cumberland, donde dos siglos atrás las naves fondeaban para reparar las arboladuras y proveerse del agua de las vertientes.

                Estoy hablando del Pirata Blanco, el utopista. Nadie filmó con él una película rutilante: si carece de sensiblería, el bien es un negocio pésimo.

    Misson nació en Provenza, de familia noble. Provenza, durante el medioevo hubo un Renacimiento temprano que anticipó el culto del cuerpo y el amor caballeresco. Misson – hay desvaríos admirables—en realidad estaba más dotado para las matemáticas y la lógica que para la espada, la pistola y la depredación.

    Los historiadores de la piratería, que registran con ardor los excesos en el mal, han comentado sus hazañas inversas con desconcierto y menor entusiasmo. Como a todos los que buscan el absoluto, lo tentaba el mar océano: es la única metáfora del infinito en esta esfera pequeña, nuestra Tierra.

    Un día trocó el álgebra, disciplina en la que se destacaba, por el castillo de proa de La victoria, sobre cuya cubierta conoció a un monje Dominico de ojos encendidos, llamado Caraccioli, un Quijote con mucho de Sancho, gran bebedor. En la época de Luis XIV colgó los hábitos. Su fe era demasiado amplia para que una sotana la contuviera; abjuró,  pero no por ateísmo sino por misticismo. Acaso porque este poseso perdió la razón.

    Tenía el poder de convencer o de hipnotizar y pudo convertir a Misson, acaso gracias a su oratoria genial, en el brazo armado de un experimento sobre las aguas que prefiguró un acontecimiento sobre la Tierra: la Revolución Francesa, anticipada un siglo.

    Los piratas tendían a ser lacónicos pero este dúo fue verborrágico; la cubierta de La victoria se convirtió en un ágora delirante. Torvos marinos, contagiados o fascinados por esta pareja fantástica, se dedicaron a la retórica y a la democracia directa. 

    Misson quiso usar la piratería para desviar el curso de la historia y no para acumular el oro de los botines de guerra. Alguien usó una cervecería de Munich con propósito similar, pero para invertirla atrozmente. No se puede confiar en ningún comienzo, por trivial que parezca.

    Como corresponde, Misson comenzó por los símbolos y dejó para después los hechos: cambió el pabellón de las tibias cruzadas y la calavera, sobre fondo negro, que todos los chicos conocen, por una enseña blanca sobre la cual se bordaron las palabras Dios y Libertad.

    En esa nave de cóncava irrealidad el vocablo soez estará penado con cincuenta latigazos. El gremio blasfemador  por excelencia debe hablar como las colegialas ejemplares, o desertar del navío.

    Meses más tarde, al pasar fervorosamente a la acción, Misson se apodera de la isla de Madagascar pero la rebautiza  Libertalia. La fortifica emplazando cañones que apuntan hacia Europa, anula en acto solemne, con voz tronante, los prejuicios raciales  y proclama la igualdad ante su ley, que quiere poner en práctica la justicia. Fuera de la civilización, preanuncia la declaración de Los Derechos del Hombre. Pero llega a reglamentar la vida comunitaria hasta límites exasperantes. El monje Caraccioli quiere extraer de la resaca humana conseguida en los motines y los abordajes, la materia de una humanidad nueva y santa, libre de pecado.

    No es un mal principio. El dúo que agitaba la Cruz y la Espada curiosamente odia la metáfora de Babel que—en la isla poblada por hombres de naciones diversas—era cotidiana. Ambos obligan a estudiar un lenguaje artificial de su invención, precursor del esperanto.

    En ese ambiente rudo, Misson no se niega a matar. No hubiera sobrevivido un segundo. Pero, instruido por el monje, impone el remordimiento y la pública confesión del pecado, como ciertas sectas

     La Victoria zarpaba para atacar barcos negreros y liberar a los esclavos.

    Los bautizaba e instruía en la nueva lengua para poblar Libertalia. Estableció tratados de paz entre su nuevo estado y los aborígenes que habitaban las tierras interiores.

                Pero Misson era consecuente y cada día lo atormentaban los remordimientos y las culpas, que los piratas corrientes omitían. No podía soportar la creciente necesidad de homicidios, defensivos o agresivos, como sustento de su utopía. El y sus hombres creían que Francia e Inglaterra preparaban una expedición punitiva, y reforzaron sus defensas costeras.

                Se olvidaron de los aborígenes en la selva interior, de tanto interrogar los catalejos a la espera de sus enemigos.

                Pero los amigos estaban hartos y las tribus se unieron en secreto.

    Conocían el terreno y se movían con sigilo como los animales salvajes. A los piratas los encontraron en sus fortines que miraban al mar, apuntando sus cañones a los barcos que jamás llegaron. Estos idealistas y sus súbditos fueron muertos por la espalda,  casi sin disparar un tiro.

     La selva se cansó de ellos.

     

    Texto de compañía:macedonio

    MACEDONIO FERNANDEZ

    POESIAS COMPLETAS

    AMOR SE FUE

     

    Amor se fue; mientras duró

    de todo hizo placer.

    Cuando se fue

    nada dejó que no doliera